Un blog antológico de uso personal, sobre educación y literatura.Incluye textos escritos y audiovisuales especialmente seleccionados. En la columna de la derecha incorporo enlaces a entradas antiguas del blog, y a sitios que visito frecuentemente.
3/4/09
AlfonsinaStorni
ESTA noche al oído me has dicho dos palabras
Comunes. Dos palabras cansadas
De ser dichas. Palabras
Que de viejas son nuevas.
Dos palabras tan dulces, que la luna que andaba
Filtrando entre las ramas
Se detuvo en mi boca. Tan dulces dos palabras
Que una hormiga pasea por mi cuello y no intento
Moverme para echarla.
Tan dulces dos palabras
-Que digo sin quererlo -oh qué bella, la vida-
Tan dulces y tan mansas
Que aceites olorosos sobre el cuerpo derraman.
Tan dulces y tan bellas
Que nerviosos mis dedos,
Se mueven hacia el cielo imitando tijeras.
Oh, mis dedos quisieran
Cortar estrellas.
TU ME QUIERES BLANCA
TU ME QUIERES alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada
Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.
Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.
Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!
Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.
DOLOR
QUISIERA esta tarde divina de octubre
Pasear por la orilla lejana del mar;
Oue la arena de oro, y las aguas verdes,
Y los cielos puros me vieran pasar.
Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
Como una romana, para concordar
Con las grandes olas, y las rocas muertas
Y las anchas playas que ciñen el mar.
Con el paso lento, y los ojos fríos
Y la boca muda, dejarme llevar;
Ver cómo se rompen las olas azules
Contra los granitos y no parpadear
Ver cómo las aves rapaces se comen
Los peces pequeños y no despertar;
Pensar que pudieran las frágiles barcas
Hundirse en las aguas y no suspirar;
Ver que se adelanta, la garganta al aire,
El hombre más bello; no desear amar...
Perder la mirada, distraídamente,
Perderla, y que nunca la vuelva a encontrar;
Y, figura erguida, entre cielo y playa,
Sentirme el olvido perenne del mar.
VOY A DORMIR
DIENTES de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas: bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájalo te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
"Hombre pequeñito"
Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
suelta a tu canario que quiere volar...
yo soy el canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
ábreme la jaula, que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más.
26/3/09
Borges, Jorge Luis
Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los catógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Jorge Luis Borges, 1985
25/3/09
EL QUE NO SALTA ES UN HOLANDÉS
Estaban ahí aquel día en que nosotros nos pegamos al televisor portátil llevado por el gerente, ya que el acontecimiento, muchachos, justifica el abandono del trabajo por un rato, imagínense, hace casi cuarenta años que los argentinos esperamos algo así. Vengan, chicas, que esto no se lo pueden perder y nosotras, que ni locas, porque una cosa es un partido cualquiera y otra muy distinta, un mundial. Pero la Flaca dijo yo tengo que hacer ese trámite de la importadora y se fue. Volvió cuando ya estábamos en los escritorios, todos emocionados porque todo salió perfecto, según Javier, y qué bárbaros los gimnastas, para el cadete y para nosotras, con la banda y el desfile y los papelitos, una maravilla, no sabés lo que te perdiste, pero la Flaca sin interesarse, ahí parada, con los ojos fijos en ninguna parte y diciendo que a la misma hora del festejo, ellas estaban ahí, en la Plaza, como cien, dando vueltas a la Pirámide, algunas llorando y otras diciéndoles a los periodistas extranjeros que no tenían noticias de hijos, hermanos y padres. Y los tipos seguro que las filmaban para hacernos quedar como la mierda en el exterior, Javier interrumpió golpeando el escritorio y el cadete asegurando que no importa porque, total, quién les va a dar bolilla a cuatro chifladas y nosotras diciéndole terminala con eso, Flaca, que por ahí, andá a saber cuál es la verdad y el gerente rematando con que me gustaría saber quién les paga para que saboteen la imagen del país.
Los días siguieron: la república era una gran cancha de fútbol. Empatamos, ganamos, perdimos, pero no importa, porque la copa se la van a llevar si son brujos y el televisor ya fijo en la oficina, mirá, mirá que remate, cómo se perdió el gol ese boludo y aquel hoy no pega ni una. Las mujeres, ya bien al tanto de lo que significa un córner, cuál es el área chica y qué es lo que debe hacer el puntero derecho. Pero Goyito, el de Expedición, desapareció hace cuatro días y nada, dale Flaca, vos siempre la misma amargada, el cadete con sonrisa de costado y Javier que por algo habrá sido, che, porque a mí todavía nadie me vino a buscar. Y ellas siguen ahí, dando vueltas a la Pirámide, ma sí, ya se van a ir, acabala, parecés la piedra en el zapato, pero tienen que darles una explicación, lo que tienen que darles es una paliza y listo, así se dejan de decir macanas cuando el país está de fiesta. Hay que embromarse con alguna gente, la patria no les importa, el gerente opinando desde la primera fila frente a la pantalla y la Flaca como para sí misma, el fútbol no es la patria. Gol. Gooooolllll. Golazo. ¡Ar-gen-ti-na! ¡Ar-gen-ti-na!
¿Hacen falta seis para pasar a la final? Se hacen los seis, pero a la hermana de Carrasco la secuestraron anoche a dos cuadras de la facultad, que se embrome, por meterse donde no debe, dijiste vos y Javier yo siempre le vi algo raro a esa chica, enganchando enseguida con que después de los seis pepinos a los peruanos, concierto de cacerolas en el edificio, en pleno Barrio Norte, nunca visto, el delirio, la locura y nosotras, contando de la caravana de coches y el novio y el marido, con las banderas, los gorritos y las cornetas, nos acostamos como a las cuatro y hasta la chica aquella, Mariana, la de Libertador, con la vincha y subiéndose a un camión que pasaba para el centro, no se puede creer, ¿viste? Por un anónimo, nada más que por una denuncia sin fundamento y al otro porque ayudaba al cura y a las monjas en la villa del Bajo Flores. Te digo que no me quedó uña por comerme y la hora maldita no pasaba nunca, tocando el techo con cada gol y mirando el reloj, hasta que al fin se dio. Se me cayeron las lágrimas, ¡qué final! ¡El que no salta es un holandés! Y los que desaparecen son argentinos, dale Flaca, no empecés, ¿no te dije, pibe, que la Copa se quedaba aquí? Todos con las banderas y los pitos, a gritar y a cantar, dale con el tachín- tachín, juntos, en aquella fiesta que parecía que no iba a terminar nunca, porque ganamos, salimos campeones y fue como una borrachera de la que nos despertamos con este dolor de cabeza que nos martillea las sienes y un revoltijo de estómago que aumenta a medida que la tapa de la olla se va corriendo. Las cuentas finales no aparecen y la lata está rota de tantas manos que se le metieron adentro. Pero lo peor es lo otro, ellas que siguen ahí, ellas, que ya estaban pidiendo por los que no estaban mientras nosotros saltábamos, sordos a lo que decían algunos como la Flaca, ustedes no se dan cuenta de lo que está
pasando y cuando comprendan, ya va a ser tarde. Aseguraba que éramos como los alemanes, que veían el humo saliendo de las chimeneas de los campos de concentración y miraban para otra parte, se callaban, como callamos nosotros, entonces y después, tapándonos hasta las orejas cuando las sirenas nos interrumpían las noches, o escuchábamos algún grito, o se llevaban a alguien del piso de abajo. Nos dieron un pirulín para matar el hambre, Flaca, tenías razón y una entrada al circo para comprarnos la conciencia.
Mabel Pagano
Escritora, nacida el 6 de mayo de 1945 en Lanús. Ha publicado colaboraciones en las revistas para Ti, Vosotras y Nocturno, los diarios Mayoría, El Día de La Plata, El Tiempo de Azul y Convicción de la Capital, y en las revistas literarias Oeste, Contexto, Letras Argentinas, Ateneo, Amaru y Creativos Argentinos.
Participó con cuentos en los libros Los Premiados (Concurso Roberto Arlt), 1976; De Martínez a Rosario (Concurso Biblioteca B. Rivadavia de Martínez), 1977; Cuentos Elegidos (Concurso Troquel), 1979; Borrón y Cuentos Nuevos, 1980; Amistad Divino Tesoro, 1980.
Publicó las novelas Liberación Hundida, 1976; La Familia es Lo primero, 1980; Faja de Honor SADE; el libro de cuentos En Septiembre y por agua, 1980, Premio Fondo Nacional de las Artes; Las novelas Eterna, (Eva Perón), 1982, y Primera Quincena de Mayo, 1983; cuento en la antología Cuentos Argentinos (premiado en el concurso Coca-Cola, 1983), y El Cuarto Intermedio, cuentos, 1983.
Además de los mencionados, recibió, a partir de 1972, numerosos premios en concursos de cuentos y novelas, entre ellos varios primeros, como el de novela de El Cid Editor en 1981.
Los integrantes del taller LEER PORQUE SÍ queremos compartir,
entre tanta basura que encontramos en la red,
textos que enriquezcan y nos hagan pensar y disfrutar.
Gracias por la difusión a tus contactos.
Visitá nuestro blog:
http://leerporquesi-1007.blogspot.com
15/3/09
La tecnofobia

La "tecnofobia" desde Gutemberg
hasta la InternetRomán Mazzilli
En toda época existió la encarnadura del mal.
Aquello que nos hace "perder humanidad", o por lo menos "la cabeza".
Y no me refiero a las tentaciones de la carne ni a la poca disponibilidad interna de muchos sujetos para recibir la salvación.
No.
Me refiero, sí, a aquellos fenómenos que "sirven" para ver afuera de los individuos razones muy potentes que explican desvios de lo "correcto", alienación y adicciones diversas.
Puntualmente voy a hablar de las tecnologías. De lo que hoy se llaman las nuevas tecnologías en el campo de la comunicación.
A lo largo de este siglo aparecieron diversos inventos tecnológicos que modificaron radicalmente el mapa cotidiano de la gente: la radio, el cine, la televisión, la computadora y, recién sacada del horno, Internet.
Obviamente que no son tecnologías salidas de la nada y sin historia. Son producto del largo desarrollo de la experiencia cotidiana, de la ciencia y la técnica, que reconoce innumerables hitos de los cuales la creación de la imprenta y el teléfono son solo dos de los más impactantes y relativamente cercanos en el tiempo.
¿Encarnadura del mal la imprenta?...
La pregunta viene bien para empezar, por que hoy en día el libro es un objeto de culto en nuestra sociedad, así como los diarios y revistas en general.
¿Pero que pasó cuando Gutemberg dio a luz las primeras copias de la Biblia desencadenando uno de los fenómenos de multiplicacion mas impresionantes después del de los panes y los peces?
Se alzaron las voces cultas de la sociedad de entonces, los monjes cuidadores del saber y de los libros manuscritos, alegando que la imprenta, la reproducción de los libros, iba a llevar a la humanidad a la perdición.
No estaba la gente preparada para leer, para leer lo que le cayera en las manos sin filtro de los custodios del saber.
En "El nombre de la rosa", el excelente texto de Umberto Eco, el "Libro de la Risa", supuesto tercer tomo de la Poética Aristotélica, era guardado por el Venerable Jorge para que nadie tomase contacto con un texto que negaba las sagradas escrituras, que era portador de otra moral y otra filosofia. Así tambien en la trama de esa novela, los sacerdotes copistas eran asesinados uno a uno por la curiosidad de lectura del libro prohibido. La imprenta vino a patear el tablero de la exclusividad del saber y de su almacenamiento.
Hoy sabemos que fue un arma imprescindible en la lucha por la democratización de la sociedad, empuñado por los sectores progresistas de cada época.
¿Que se dijo del libro en la época de su nacimiento?
Que era un arma del diablo que enfermaba las mentes de las personas, que les cambiaba hasta el color de piel y ensombrecía el semblante -piénsese que se leía a la luz de velas, muchas veces a escondidas-. Además era un objeto que venia a destruir la comunión de la gente que hasta ayer nomás formaba rondas para escuchar las narraciones orales y hoy se aislaba para establecer contacto con un objeto: el libro.
¿Les suena esto?
El sujeto y un objeto...¡horror!. Un evidente ataque al vínculo de las personas perpetrado por un aparato que apareció hace quinientos años y todo indica que tiene para largo aun: la imprenta, y su producto preferido, el libro.
De ahí en más cada nueva tecnología en el campo de las comunicaciones fue recibida no solo con impacto y expectativas. Siempre era, para ciertos circulos ligados al saber, un elemento de engaño para las masas, un peligro que ellos debían detener o al menos denunciar ya que la gente "compraba" acriticamente.
¿Recuerdan las infinitas polémicas acerca de la televisión?
La caja boba, la inductora de violencia para las criaturas, la estupidizadora, la fragmentadora, la manipuladora, etc, etc.
Cada tanto reaparece, aunque sin la fuerza de otrora, en algun articulo de nuestros periódicos, en algun debate... televisivo o en los congresos de los científicos sociales y psicólogos, puestos a custodiar el Libro de la Risa de Aristóteles u Olmedo.
Y aparecieron los "apocalípticos y los integrados", los fanáticos de los medios en sí y los criticos a izquierda y derecha.
En nuestros ámbitos Psi, es casi el "tiro al pichón": la TV empobrece los vinculos, aliena al sujeto, inyecta violencia y sadomasoquismo...
"Yo no veo televisión" era casi un guiño en la década del '70 de un buen número de intelectuales y de gente de ideas.
Y claro, ¿como compartir los gustos con la masa, no?. Algo debía andar mal ahí, claro.
La TV fue un blanco exquisito del ataque de la inteligencia durante más de treinta años hasta que apareció (sonido de clarines, por favor) la computadora.
Otra vez "el mal" encontraba una manera de seguir robando la mente y la voluntad de los niños inocentes e incautos, otro ataque a los vínculos, nuevamente el sujeto, solo, con un objeto.
"¿Que va a pasar con esos chicos que pasan horas jugando solos con los videogames?". "Ya no necesitan de un otro, se volveran autistas", se desesperan los profesionales del divan.
Y los pibes, y no tan pibes, siguen frente a las pantallas como si nada.
Para colmo, como si la computadora y los "jueguitos" fueran poco, aparece Internet, (¿red de redes o rey de reyes?) y ahora si, grandes, chicos, hombres y mujeres, todos solos con la computadora, soñando que se comunican con el mundo mientras venden, sin saberlo quizás, el alma al mismisimo diablo.
Como antes con el libro, podriamos decir ahora que la piel de los que pasan horas navegando en la internet se palidiza, su semblante se oscurece y que pierden horas de sueño y vinculo tecleando solos frente a una pantalla luminosa.
¿El fin de la familia? ¿El fin de la comunicación cara a cara? ¿El fin del amor?. ¿Lo virtual es lo real?
Como ustedes imaginarán, yo tengo algunas respuestas para estos interrogantes. Pero como esta nota se hizo demasiado larga las dejo para la próxima vez, no sin antes dejar picando una hipótesis provocativa:
En la esfera de lo humano, tal vez, nada sea más real que lo virtual.
Isaac Asimov
El indestructible
Algunos de los cambios más espectaculares que hemos presenciado en este siglo tienen que ver con los vehículos para el entretenimiento de los seres humanos. De las pianolas se pasó a los gramófonos; del vodevil al cine; de la radio a la televisión. A las películas se les añadió sonido; a la radio, imágenes; y a ambas, el color. Y nadie duda de que podemos ir más lejos.
Con el láser y la holografía podemos producir imágenes tridimensionales de mayor definición que la que puede ofrecer cualquier fotografía corriente. Las modernas técnicas de grabación en cinta nos permiten editar videocasetes sobre cualquier tema, de modo que el cliente puede reproducir en cualquier momento lo que le apetezca en su propio televisor.
Cada nuevo invento desplaza a los antiguos en la medida en que el público acude a aquella técnica que le da más. El cine mató al vodevil, la televisión al radio y el color al blanco y negro. Las tres dimensiones acabarán sin duda con la bidimensionalidad, y los casetes puede que maten a la televisión de masas. ¿Cuál es la tendencia general? ¿A qué se llegará en último término?
En cierta ocasión asistí a una exhibición de casetes de televisión y me saltó a la vista lo voluminoso y caro que era el equipo auxiliar necesario para decodificar la cinta, llevar el sonido hasta los altavoces y proyectar la imagen sobre la pantalla. No hay duda de que las mejoras vendrán por el lado de la miniaturización y de la mayor complejidad, que es el mismo proceso que en años recientes nos ha proporcionado radios, cámaras, computadores y satélites más pequeños y compactos. Es posible que el equipo auxiliar disminuya de tamaño y desaparezca. La casete se convertirá en un objeto autónomo que contenga la cinta y todos los mecanismos necesarios para producir el sonido y la imagen. La miniaturización hará que aquélla sea cada vez más manejable y ligera, casi hasta poderla llevar bajo el brazo. Y su funcionamiento requerirá también cada vez menos energía, llegando a no consumir prácticamente ninguna.
Una casete ordinaria produce sonidos y proyecta luz, porque ese es precisamente su propósito. Pero ¿por qué invadir la esfera de otras personas ajenas a ellos? La casete ideal sería visible y audible para la persona que la está utilizando, y para nadie más. Las que hoy existen necesitan una serie de mandos: un botón de encendido y apagado y otros para regular el color, el volumen, el brillo, el contraste… La dirección del cambio será hacia una simplificación de los controles. En último término habrá un solo botón…, o ninguno.
Cabría imaginar una casete que estuviese siempre perfectamente ajustada; que empezara a funcionar en cuanto uno la mirara; que se parara en cuanto uno dejara de mirarla; que pudiera avanzar o retroceder deprisa o despacio, a saltos o con repeticiones, a placer del usuario. Qué duda cabe que ése es el aparato de nuestros sueños: una casete que puede contener información sobre infinitos temas; que es autónoma, manejable, parsimoniosa en el consumo de energía, perfectamente privada y sometida en gran medida al control de la voluntad. ¿Será sólo un sueño? ¿Tendremos algún día una casete así? La respuesta es un sí rotundo. No es que la vayamos a tener algún día, es que la tenemos ya; para ser más exactos: existe desde hace siglos. El ideal que he descrito es la palabra impresa: el libro, la revista, un objeto ligero, privado y manipulable a voluntad.
¿Piensa usted que el libro, a diferencia de la casete, no produce sonido e imágenes? Pues se equivoca.
Es imposible leer sin oír las palabras en la mente y sin ver las imágenes que producen. Y con la ventaja de que son sonidos e imágenes propios, no inventados por otros. Las imágenes y el sonido que ofrecen todos los demás medios de entretenimiento son “congelados”, y tienen un nivel de detalle que mejora con el avance de la tecnología. El resultado es que los medios exigen cada vez menos del usuario. Incluso se insertan cuñas musicales y risas pregrabadas para felicitar determinadas emociones en el cliente sin esfuerzo de su parte. La persona a quien le cuesta leer (y a la mayoría le cuesta) recurrirá a estos productos “congelados”, y seguirá siendo un espectador pasivo.
La palabra impresa, por el contrario, presenta un mínimo de información. Todo lo demás tiene que ponerlo el lector: la entonación de las palabras, la expresión de los rostros, la acción y el escenario han de ser extraídos de estas sartas de símbolos en blanco y negro. El libro es una empresa compartida entre el escritor y el lector, como ninguna otra forma de comunicación puede serlo.
Si usted pertenece a esa pequeña y afortunada minoría para quienes la lectura es fácil y agradable, el libro, en cualquiera de sus manifestaciones, le será irreemplazable e indestructible, porque exige participación. Por agradable que sea el papel de espectador, participar siempre es mejor.
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12/3/09
Enrique Anderson Imbert
"Casete" de Enrique Anderson Imbert
Año: 2132. Lugar: aula de cibernética. Personaje: un niño de nueve años.
Se llama Blas. Por el potencial de su genotipo el gobierno lo ha escogido para la clase Alfa. O sea, que cuando crezca pasará a integrar ese medio por ciento de la población mundial que se encarga del progreso. Entretanto, lo educan con rigor. La educación, en los primeros grados, se limita al presente: que Blas comprenda el método de la ciencia y se familiarice con el uso de los aparatos de comunicación. Después, en los grados intermedios, será una educación para el futuro: que descubra, que invente. La educación en el conocimiento del pasado todavía no es materia para su clase Alfa: a lo más, le cuentan una que otra anécdota en la historia de la tecnología.
Está en penitencia. Su tutor lo ha encerrado para que no se distraiga y termine el deber de una vez.
Blas sigue con la vista una nube que pasa. Ha aparecido por la derecha de la ventana y muy airosa se dirige hacia la izquierda. Quizás es la misma nube que otro niño, antes que él naciera, siguió con la vista en una mañana como ésta y al seguirla pensaba en un niño que en otra vida... Y la nube ha desaparecido.
Ganas de estudiar, Blas no tiene. Abre su cartera y saca, no el dispositivo calculador, sino un juguete. Es una casete. Empieza a ver una aventura de cosmonautas. Cambia y se pone a oír un concierto de música estocástica.
Mientras ve y oye, la imaginación se le escapa hacia aquellas gentes primitivas del siglo XX a las que justamente ayer se refirió el tutor en un momento de distracción.
¡Cómo se habrán aburrido, sin esta casete!
“Allá, en los comienzos de la revolución tecnológica -había comentado el tutor- los pasatiempos se sucedían como lentos caracoles. Un pasatiempo cada cincuenta años: de la pianola a la grabadora, de la radio a la televisión, del cine mudo y monocromo al cine parlante y policromo”
¡Pobres! Sin esta casete ¡cómo se habrán aburrido!
Blas, en su vertiginoso siglo XXII, tiene a su alcance miles de entretenimientos. Su vida no transcurre en una ciudad sino en el centro del universo. La casete admite los más remotos sonidos e imágenes; transmite noticias desde satélites que viajan por el sistema solar; emite cuerpos en relieve; permite que él converse, viéndose las caras, con un colono de Marte; remite sus preguntas a una máquina computadora cuya memoria almacena datos fonéticamente articulados y él oye las respuestas.
(Voces, voces, voces, nada más que voces pues en el año 2132 el lenguaje es únicamente oral: las informaciones importantes se difunden mediante fotografías, diagramas, guiños eléctricos, signos matemáticos.)
En vez de terminar el deber Blas juega con la casete. Es un paralelepípedo de 20 x 12 x 3 centímetros que, no obstante su pequeñez, le ofrece un variadísimo repertorio de diversiones.
Si, pero él se aburre. Esas diversiones ya están programadas. Un gobierno de tecnócratas resuelve qué es lo que debe ver y oír. Blas da vueltas a la casete entre las manos. La encierra, la apaga, ¡Ah, podrán presentarle cosas para que él piense sobre ellas pero no obligarlo a que piense así o asá!
Ahora, por la derecha de la ventana, reaparece la nube. No es nube: es él, él mismo que anda por el aire. En todo caso, es alguien como él, exactamente como él. De pronto a Blas se le iluminan los ojos:
-¿No sería posible -se dice- mejorar esta casete, hacerla más simple, más cómoda, más personal, más intima, más libre, sobre todo más libre?
Una casete también portátil, pero que no dependa de ninguna energía microeléctrica que funcione sin necesidad de oprimir botones; que se encienda apenas se la toque con la mirada y se apague en cuanto se le quite la vista de encima; que permita seleccionar cualquier tema y seguir su desarrollo hacia adelante, hacia atrás, repitiendo un pasaje agradable o saltándose uno fastidioso. Todo esto sin molestar a nadie, aunque se esté rodeado de muchas personas, pues nadie, sino quien use tal casete, podría participar en la fiesta. Tan perfecta sería esta casete que operaría directamente dentro de la mente. Si reprodujera, por ejemplo, la conversación entre una mujer de la Tierra y el piloto de un navío sideral que acaba de llegar de la nebulosa Andrómeda, tal casete la proyectaría en una pantalla de nervios. La cabeza se llenaría de seres vivos. Entonces uno percibiría la entonación de cada voz, la intención de cada signo. Porque, claro, también habría que inventar un código de signos. No como esos de la matemática sino signos que transcriban vocablos: palabras impresas en láminas cosidas en un volumen manual. Se obtendría así una portentosa colaboración entre un artista solitario que crea formas simbólicas y otro artista solitario que las recrea... -¡Esto sí que será una despampanante novedad! -exclama el niño-. El tutor me va a preguntar: “¿Terminaste ya tu deber?” “No, le voy a contestar. Y cuando, rabioso por mi desparpajo, se disponga a castigarme otra vez ¡zás! lo dejo con la boca abierta: “¡Señor, mire en cambio qué proyectazo le traigo!”...
(Blas nunca ha oído hablar de su tocayo el francés Blas Pascal, a quien el padre encerró para que no se distrajera con las ciencias y estudiase lenguas. Blas no sabe que así como en 1632 aquel otro Blas de nueve años, dibujando con tiza en la pared, reinventó la Geometría de Euclides, él, en 2132, acabo de reinventar el Libro.)
6/3/09
Mario Benedetti
NO TE SALVES
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo
Casciari
| El celular de Hansel y Gretel por Hernán Casciari Anoche le contaba a mi hijita Nina un cuento infantil muy famoso, el de Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura, los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: 'No importa. Que lo llamen al papá por el celular'. Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura -toda ella, en general- si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción. Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía. Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace. ¿Ya está? Muy bien. Ahora ponga un celular en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda. ¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo? La Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las viejas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor. Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate. Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria. Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam. Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica. Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí. Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana. Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil. Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler). Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis: M HGO LA MUERTA, PERO NO STOY MUERTA. NO T PRCUPES NI HGAS IDIOTCES. BSO. Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción 'Banda ancha móvil' de Movistar. Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados. La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría 'Cien años sin conexión': narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano@goodmornig) pero a nadie le funciona el Messenger. La famosa novela de James M. Cain -'El cartero llama dos veces'- escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría 'El gmail me duplica los correos entrantes' y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir. Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, 'Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura', la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo. En la obra 'El jotapegé de Dorian Grey', Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición. La bruja del clásico Blancanieves no consultaría todas las noches al espejo sobre 'quién es la mujer más bella del mundo', porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90 la conexión y 0,60 el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría. También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi. Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas. Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa. La telefonía inalámbrica -vino a decirme anoche la Nina, sin querer- nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles. Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora? No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador. ¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo un mensaje binario, una alarma. Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan. Nuestras tramas están perdiendo el brillo -las escritas, las vividas, incluso las imaginadas- porque nos hemos convertido en héroes perezosos. |
26/2/09
Carlos D. Pérez
| 18 FEB 09 | Contra la “trituración” de la palabra Vivir sin hamburguesarse Para el autor, “en paralelo con las tecnociencias, las palabras entran en trituradoras donde previamente a su descomposición son compactadas”. |
Página 12
Por Carlos D. Pérez *
Reunión de aniversario en un hotel. En un momento, uno de los asistentes dice “83” y todos ríen, otro retruca: “122”; la risa aumenta, un tercero intercede: “24” y las carcajadas se extienden por todo el salón. Sin entender, un mozo recién incorporado al servicio le pregunta a otro: “¿Qué le pasa a esta gente? ¿Están todos locos que los números les hacen reír?”. El otro responde: “No te preocupes, es la reunión anual de los humoristas, tienen los chistes numerados y no necesitan contarlos”. El efecto chistoso consiste en que tenga gracia lo que en circunstancias habituales no podría tenerla, la circulación de palabras y su juego de equívocos es capaz de producir lo que nos distingue del resto de la escala zoológica: la risa.
¿Qué sucedería en un mundo carente de los hallazgos de la palabra, de sus equívocos, de metáforas o malentendidos? O sin el condicional: ¿qué sucede en un mundo donde por afán de certeza abandonamos este preciado don? Hace tiempo viene expandiéndose una supresión que impone lo que resulta difícil calificar de “palabras”, porque se trata de expresiones contraídas, muñones de palabras y siglas. Hoy estamos habituados, o casi, dado el arrollo tecnológico –sí, arrollo antes que desarrollo–. Hasta no hace mucho –aunque con la aceleración que sufre el tiempo posmoderno parezca enormidad–, escribíamos cartas; algunos epistolarios son verdaderos ejemplos de logros en el empleo de la palabra, no tenemos más que abrir un libro de correspondencias de Freud para admirar su impecable estilo, el modo en que la inmediatez de la escritura puede palparse, asistida con hallazgos de enorme frescura. Poco de esto sucede actualmente; en paralelo con las tecnociencias, las palabras entran en trituradoras donde previamente a su descomposición son compactadas y pierden el aire de las vocales pronunciadas con la boca abierta; como barrios cerrados, las bocas se cierran sin distinción de clases en el acto de guarecerse ante cualquier apertura coloquial. Un “escuchame, boludo” podría ser admitido si el calificativo lo justifica, como alguna vez le escuché a un amigo decir de otro: “Ese es tan pelotudo que se pisa las bolas y le echa la culpa a los zapatos”. No, no se trata de este tipo de ocurrencias ingeniosas, sino del “boludo” usado como muletilla a cada momento, devenido en “bolú”, y éste en una especie de “blú” donde la “u” no es una vocal abierta, sino la jaculatoria de un vómito que expele palabras trituradas.
Al respecto tengo una hipótesis que de tan descabellada puede resultar cierta: la compactadora de palabras, ampliamente difundida, escupe siglas que son moneda corriente, dvd, cd, mp3, rápidamente sustituido por el mp4, porque los números ganan el lugar de las vocales, como el infausto 11-S y luego el 11-M. Los bancos dejan de ser “el Nación”, “el Provincia”, éste ya convertido en bp, sus competidores obligan a considerarlos serialmente siglados: el BBVA, el HSBC, la BNL, que se fue del país sin mucha seriedad. A nuestra presidente suelen escribirla CFK, quizá remedando a JFK, ella y su marido son del PJ –no justicialista sino pejotista para los acólitos– o del FPV, aún no lo sabemos, pero esto es harina de otro costal. Rápidamente, la contra apeló a las redondeces –propias de su líder– del CC –o CCC, no me acuerdo– y está el PRO, que mantiene el resabio de esa “O” para la “gente como uno”, que una cosa es ser pro y otra progresista, ya llegarán al PR, aunque tal vez no lo hagan para no confundirse con el PRT, PTS, MST, porque la tendencia se cultiva a derecha e izquierda del arco político... y al otro lado el G-7, el BM, el FMI. PFA está inscripto, con grandes caracteres, en las pecheras de la federal, remedando la versión yanqui de los SWAT o cosa por el estilo. En una salida a la calle anoté al pasar: MBA, UP, elf, YSL, KR, hp, JVC, RPLM, CTI, ADT, STK, ch, AND1, W80, DHD, NS, un a+BA que desafía al desciframiento, el t/quma/el/bcho de la campaña contra las drogas y tantos otros; a veces, las menos, las letras coronan, magnificadas, la denominación de origen, otras son sólo siglas esparciendo información codificada. Cuando llegué a mi casa me enteré de que un vecino había sufrido un acv, y, ya que estamos en el plano médico, ni qué decir del DSM-IV abarrotado de psiquiátricas subespecies, entre las que me causa gracia el TOC para los trastornos obsesivo-compulsivos, imagino a estos sujetos dándose con la cabeza contra la pared, produciendo esa onomatopeya en un globo que sale de sus cabezas. Si uno ve televisión, quizá tenga CV, podrá ver al desaforado cqc, TVR, las películas de HBO, las noticias en C5N, CNN, TN; ESPN, TyC para el fútbol y tantos otros que escapan a este somero recuento. ¿Alguien recordará, me pregunto, que Boris, Garfunkel e hijos son lo referido por BGH? Hace años, los locutores de radio no dejaban de mencionarlo, ahora nos quedaron, como de tantos otros, las siglas que hurtando nombres y apellidos dejaron, como el guante de Fantomas, una cifra.
Encuentro una confluencia en la que se mezclan regueros de siglas con el decir compactado, triturado, en muñonada forma de trasmitir información. ¿Qué esto no es de ahora, que empezó hace años? No lo dudo, se inició de manera solapada, sin que advirtiéramos hacia dónde íbamos o, mejor dicho, adónde estábamos llegando; hace años que los yanquis anudan de este modo su lengua. Recuerdo cuando hace unos quince años estaba por viajar a USA y decidí tomar clases para adecentar mi torpe inglés. Luego de enterarse de mi interés por cultivar la lengua de Shakespeare, la profesora me preguntó para qué quería hacerlo y al enterarse me advirtió que una cosa es hablar inglés y otra comunicarse en NY, el de I?NY. Así fue, a pesar del entrenamiento donde en dura batalla yo quería leer a escritores estadounidenses y ella iniciarme en giros idiomáticos que, sospecho, también a la buena señora se le escapaban, que viajé. Todavía recuerdo mi asombro cuando mi hijo, que nos acompañaba, mantenía una fluida comunicación con el taxista que nos llevaba desde el aeropuerto JFK a Manhattan, dado que su inglés era tan precario como el que se aprendía en una escuela estatal. Preguntado por mí al bajar en la puerta del hotel, me dijo que habían hablado de la NBA, los unía la televisión. En los días siguientes mi hijo nos orientó, a mi mujer y a mí, acerca de lo que esa gente pronunciaba mascando chicle con la boca semicerrada. Tengo la fuerte sospecha de que en el caldo de cultivo neoyorquino crecieron los organismos que no sólo contaminaron la comida convirtiéndola en chatarra, sino que también potenciaron un hablar hamburguesado, que para un sociólogo puede resultar digno de estudio y para mí es motivo de consternación.
A su vez, lo escrito en el teclado de la computadora llega instantáneamente al destinatario durante un “chateo” o en los mensajes electrónicos incitando, nuevamente la cuestión, a una escritura compactada; no sé qué le pasará al lector si acostumbra a hacerlo, pero más de una vez un interlocutor se ha reído de mí porque en mis mensajes, sin descuidar la sintaxis o la puntuación, sorteo la picadora de palabras que escupe hamburguesas. Ni qué decir de los difundidos “mensajes de texto” con los teléfonos celulares, a tal punto difundidos que no nos sorprende la gente entregada a esta práctica en viajes en subte, en los colectivos o en la calle. Pensemos en la absurda diferencia entre teclear “lnche spso ntma compq plza” y el lorquiano “la noche se puso íntima como una pequeña plaza”. Obviamente, es más que difícil que alguien se atreva a la poesía con muñones de palabras.
A este cuadro de situación debemos agregar el uso de auriculares que difunden música tecno programada maquinalmente, que por carecer del pulso que produce la ejecución de un músico no son más que sonidos machacones; el oído no tiene párpados ni labios, pero puede ser cancelado por las reverberantes prensadoras de sonido. Así como se tiende a compactar las palabras quitándoles el aire vocalizado, se tiende a impedirle al oído espacios de silencio, y si la música es arte de escuchar el silencio gracias a cadencias, ritmo, swing, puede inferirse que hay una tendencia en pos de anular la música. Fui columnista de “música negra” en un programa radial dedicado a la actualidad. En el transcurso de una emisión pasé el clásico “Basin Street Blues”, grabado por Miles Davis en 1963; después de la versión de Louis Armstrong con los Hot Five del 28 donde una vez más, como con todo en esa época, rompió los moldes, parecía inútil atreverse al tema pero no, Miles lo hizo puliéndolo con su sordina Harmon, a veces demorándose en una nota iterativa que colgaba el ritmo del espacio, dando permanentemente la sensación de saludar, esquivo, desde otra orilla, apretando, acariciando, los dedos en los pistones del instrumento, la carne dura del viejo blues. ¿Cómo podía ser? Dejo que responda Arnold Schönberg, que de esto sabía: “Nunca un arte nuevo tuvo por intención y efecto desposeer o destruir lo viejo, su antecedente. Al contrario: nadie ama a sus antepasados más profunda, más entrañable y más respetuosamente que el artista que realmente trae algo nuevo, porque veneración es reconocimiento de su rango, y el amor, solidaridad”. Es preciso subrayarlo porque se confunde respeto con obsecuencia y lo nuevo con tirar la herencia por la ventana. Al rato de pasado el “Basin Street Bues”, un oyente envió un mensaje donde decía, sorprendido, que esta música no se escucha en radio. “Sí, en ésta”, respondió el conductor para mi orgullo. Nada como la trompeta de Miles para sumergirnos en elocuentes silencios al contar una historia. De este desafío se trata, en la radio, en la vida, de una herencia que hundida en sus raíces produzca lo inédito en tiempo de despertar.
En síntesis: llevados por el afán de “estar al día”, informados –no en vano un término de moda es “informática”–, los tiempos del reloj se han ido acelerando, desechando lo inútil como un lastre (una trompeta que se demora en ritmos de una nota, una plaza que se pone íntima son modos del goce, por lo tanto inútiles). Si la aceleración sugiere que llegaremos con rapidez a un destino, ya estamos en el tiempo de la llegada automática; ante la pantalla de la computadora nos sentimos de inmediato donde sea, gracias a Internet, el chateo o los mensajes electrónicos, con información al instante (decir “instante” ya es un viejazo) de listas de supermercado y la posibilidad de compra automática, con lugares del mundo donde habitan quienes con sólo apretar enter estarán comunicados, monitores mediante, etc., etc. Hemos alcanzado el no tener que desplazarnos para llegar a todas partes. Admirada, la mayoría lo festeja, pero también estamos quienes sabemos que todas es ninguna.
Tu palabra
“Di tu palabra y rómpete”, escribió Nietzsche. A cambio de ello, las trituradoras rompen las palabras con necia entereza. Se me ocurren aplicables a este momento las siguientes palabras de Juan Gelman: “Hay que aprender a resistir. Ni a irse ni a quedarse, a resistir, aunque es seguro que habrá más penas y olvido”. Una forma de resistencia es permanecer marginal contra la expansión de la información actualizada, porque el informarnos se disfraza de acto, y cerrándonos la boca nos incita a mascar palabras como chicles. ¿En qué consiste “estar informados” más allá de la obviedad de alimentarse con datos como quien devora un Big Burger? Daré un ejemplo: en el transcurso de una conversación entre colegas, en un momento se discute acerca del modo en que Freud emplea el concepto “represión”. Con la intención de aclarar las cosas, alguien del grupo enciende su computadora portátil, consulta un “buscador” de Internet y poco después nos informa de las veces que el inventor del psicoanálisis menciona la palabra. El dato resulta inobjetable, salvo que la tarea de buscar quedó a cargo de la cibernética, cuando se trata de comprender el modo en que la pregunta de Freud por lo inconsciente modeló ese concepto; si alguien pretende estar al tanto del tema debe emprender su propio itinerario, ubicando el contexto y no sólo las páginas de los textos donde la mentada palabra aparece; también está comprometido a revisar su modo de ser psicoanalista para saber qué dice cuando dice “represión”. La difundida “información” saltea estas cuestiones fundamentales, de modo aparentemente acorde a la aseveración de Pica- sso: “Yo no busco, encuentro”, pero no se advierte que para que Picasso encuentre debieron mediar innumerables búsquedas, las más de las veces ignoradas, a tal punto que reformulo la frase, entendiendo que pudo haberla dicho del siguiente modo: “Sin ser consciente de qué busco, me es dado encontrar”. Porque a la manera de un sueño, nadie está originalmente al tanto de su busca y, sin embargo, no bien dormimos se enciende un hallazgo; el trabajo del sueño, ajeno a la conciencia, ha tejido sus redes desde tiempos remotos para posibilitar el encuentro de la escena onírica.
La información dispuesta al alcance del teclado de la computadora, en su engañoso modo de entregar respuestas, trabaja a favor de la represión que bloquea las incógnitas, el enorme despliegue del que son capaces las preguntas en libertad de acción. En 1911, Karl Kraus publicó en su periódico Die Fackel –La Antorcha– un artículo burlándose del “pequeño Brockhaus”, famoso diccionario enciclopédico alemán que aún hoy es obra de consulta, al que promocionaban de este modo: “Su puesto está junto a cada hombre laborioso que quiere estar al tanto de los desarrollos de su profesión y no conoce expresión más vergonzosa que la confesión ‘Eso no lo sé’”. A propósito de esto, Kraus preguntaba: “Entre oficina y periódico, ¿no se mezclan todos en un tipo singular, que trata de dar con información porque no quiere dejarse engañar, y engaña porque puede darte con ella?”. Para luego agregar: “Me avergüenza soñar desde que he leído esa frase. Pues ahora ellos ya empiezan a saber cómo hay que soñar. Y se acabaron las brumas y las noches, los velos y las sombras. Y me avergüenza morir desde que he leído esa frase. Pues algún viajero que no quiera dejarse engañar se inclinará sobre mí y me abrirá a la fuerza los ojos”.
En la década del cincuenta, Claude Lévi-Strauss escribió en Tristes trópicos: “Ya no hay nada que hacer: la civilización no es más esa flor frágil que preservábamos, que hacíamos crecer con gran cuidado en algunos rincones abigarrados de un terruño rico en especies rústicas, sin duda amenazadoras por su lozanía, pero que permitían variar y vigorizar el plantel. La humanidad se instala en el monocultivo; se dispone a producir la civilización en masa, como la remolacha. Su comida diaria sólo se compondrá de este plato”. No sospechaba que en vez de remolacha serían hamburguesas. Si hace un tiempo la cuestión era resistir, combatir el aburguesamiento, hoy se trata de no hamburguesarse. Como cierta vez dijo un poeta: “La metáfora, bien vale luchar por ella”. Contra la picadora de espacios, de elocuencias, de silencios, de palabras, de largas búsquedas e infrecuentes encuentros, que a cambio nos sirve posmodernas hamburguesas. No en vano una cadena de comida chatarra lleva por nombre “Burger King”, que puede leerse no sólo como alusión al rey de la hamburguesa, sino que Burger es King.
* Psicoanalista
Fragmento del libro Tiempo de despertar (ed. Planeta).
12/2/09
Mark Twain
Ensayo para ser leído y discutido en reunión del club de historiadores y anticuarios de Hartford, propuesto para el premio de treinta dólares#. Ahora publicado por primera vez.
OBSERVEN BIEN, NO PRETENDO insinuar que la costumbre de mentir haya sufrido decadencia o interrupción algunas... no. Y es que la mentira, en tanto virtud y principio, es eterna; la mentira en tanto recreación, respiro y refugio en tiempos de necesidad, la Cuarta Gracia, la Décima Musa, la mejor y más segura amiga del hombre, es inmortal, y no desaparecerá de la faz de la tierra mientras exista este club.
Mi queja se refiere sólo a la decadencia del arte de mentir. Ningún hombre de principios, ninguna persona en sus cabales, puede ser testigo de la forma de mentir torpe y descuidada de la época presente, sin dolerse de ver tan noble arte así prostituido. En presencia de tan nutrido grupo de veteranos, naturalmente abordo el tema de manera tentativa; soy como una solterona tratando de enseñar puericultura a quienes han sido madres por milenios. No me quedaría bien criticarlos a ustedes, caballeros, pues todos son mayores que yo —y superiores a mí en este asunto— y, por ende, si de vez en cuando parezco hacerlo, confíen en que, en la mayor parte de los casos, lo hago con espíritu de admiración más que por buscarles los defectos. Es más, si ésta, la más bella de las bellas artes, hubiera recibido en otras partes la atención, el aliento, la práctica consciente y el desarrollo que ha recibido en el presente club, no necesitaría yo pronunciar este lamento o derra mar lágrima alguna. No lo digo para adularlos: lo digo en un espíritu de reconocimiento y aprecia ción justos.
(En este punto había tenido la intención de mencionar nombres y dar ilustraciones de especímenes precisos, pero los indicios observables a mi alrededor me aconsejaron evitar los detalles y ceñirme a las generalidades.)
No existe hecho más firmemente establecido que el de considerar la mentira como una nece sidad de nuestras circunstancias…por tanto, la deducción de que es una virtud, por sabida se ca lla. Ninguna virtud puede llegar a su máximo esplendor sin ser cuidadosa y diligentemente cultivada...; por ende, se cae de su peso que ésta debería enseñarse en las escuelas públicas, al ca lor del hogar, y hasta en los periódicos. ¿Qué posibilidades tiene un mentiroso ignorante y poco cultivado al lado de un experto educado? ¿Qué posibilidades tengo yo con Mr. Pe.... un abogado? Mentiras juiciosas es lo que el mundo necesita. A veces pienso que sería aún mejor y más seguro no mentir en absoluto, que hacerlo con falta de juicio. Una mentira torpe y poco científica suele ser tan poco efectiva como la verdad.
Veamos ahora qué opinan los filósofos. Observen este venerable proverbio: "Los niños y los tontos siempre dicen la verdad". La deducción es obvia: "Los adultos y los sabios nunca la dicen". Parkman, el historiador, comenta: "El principio de la verdad se puede llevar hasta el absurdo". En otro lugar del mismo capítulo escribe: "Es viejo el dicho de que no se debe decir la verdad todas las veces, y aquéllos cuya conciencia enferma los preocupa y los lleva a la violación habitual de la máxima son imbéciles y latosos". Las palabras son fuertes, pero verdaderas. Nadie podría vivir con alguien que todo el tiempo ande diciendo la verdad; pero, gracias a Dios, nadie tiene que hacerlo. Alguien que a toda hora dice la verdad es simple y llanamente un ser imposible e inexistente; jamás ha existido.
Claro que hay quienes piensan que jamás mienten: pero se equivocan... y esta ignorancia es uno de los aspectos que nos hacen sentir vergüenza de nuestra mal llamada civilización. Todo el mun do miente, todos los días, a toda hora; despierto, dormido, en los sueños, en medio de la dicha, en su hora de dolor; aunque no mueva la lengua, ni las manos, ni los pies, ni los ojos, con la actitud expresa el engaño... y lo hace ex profeso. Aun en los sermones... pero basta ya de la cantinela.
En un país distante, donde viví hace tiempos, las mujeres solían salir a hacer visitas con el pre texto humanitario y noble de quererse ver, y cuando regresaban a sus casas exclamaban con voz de contento:
—Hicimos dieciséis visitas y he aquí que catorce personas habían salido.
Con ello no querían decir que les había parecido malo que las catorce hubieran salido; no, ésta era sólo una manera de querer decir que no estaban en casa... y su modo de decirlo expresaba lo mucho que les había gustado el hecho. Ahora bien, su pretensión de querer ver a las catorce —y a las otras dos con las que habían tenido menos suerte— es la forma de mentira más común y más suave, que se ha descrito muchas veces como desviación de la verdad. ¿Fue justificable? Claro que sí: fue hermosa y fue noble, pues su objetivo no fue obtener beneficios propios sino procurar un placer a las dieciséis personas.
El traficante de verdades empedernido manifestaría con franqueza que no quería ver a esas personas... y sería un burro, pues infligiría un dolor del todo innecesario. Y, además, esas mu jeres de aquel lejano país... pero, no importa, tenían miles de agradables maneras de mentir, producto de sus impulsos nobles, que daban crédito a su inteligencia y honor a sus corazones. Qué importan los detalles.
Los hombres de aquel lejano país eran, sin excepción, mentirosos. Hasta su saludo era una mentira, porque a ellos no les importaba cómo estuviera uno, a no ser que fueran empresarios de pompas fúnebres. Al preguntón normal le daban una respuesta mentirosa también, pues uno no hace un diagnóstico concienzudo de su estado sino que contesta al azar, y por lo general se equi vocaba de cabo a rabo. Le mentían al empresario de pompas fúnebres, diciéndole que la salud les estaba flaqueando... mentira totalmente loable, pues no cuesta nada y complace al otro. Si un ex traño lo visitaba a uno y lo interrumpía, con los labios uno pronunciaba un caluroso: "Encantado de verte" y con el corazón, un más caluroso: "Ojalá estuvieras con los caníbales y fuera hora de la cena". Cuando se iba alguien, se decía con lástima: "¿Ya te tienes que ir?", seguido por un 'Volvemos a hablar", pero no se hacía ningún daño con ello, porque no se engañaba a nadie ni se infligía lesión alguna, mientras la verdad los habría hecho desgraciados a los dos.
Me parece que esta forma cortés de mentir es un arte amable y fascinante, que debe cultivarse. La perfección más elevada de la cortesía no es más que un hermoso edificio, construido, desde la base hasta el techo, con las modalidades doradas y graciosas del embuste altruista y caritativo.
Lo que me parece execrable es la incidencia, cada vez mayor, de verdades brutales. Hagamos lo que esté en nuestras manos para erradicarlas. Una verdad injuriosa no vale más que una men tira injuriosa. Ninguna debe ser enunciada jamás. El hombre que dice una verdad injuriosa por miedo a que no se salve su alma si hace lo contrario, debería pensar que esa clase de alma estrictamente hablando no vale la pena salvarse. El hombre que dice una mentira para sacar a un pobre diablo de un lío, es aquel del que los ángeles sin duda dicen: "Loor, he ahí un alma heroica que pone en peligro su propio bienestar para socorrer al vecino; exaltemos a este mentiroso que muestra tanta magnanimidad".
Una mentira injuriosa no es digna de encomio; así como, y también en el mismo grado, no lo es una verdad injuriosa… hecho reconocido por la ley del libelo.
Entre otras mentiras comunes tenemos la silenciosa: el engaño que se hace simplemente quedándonos callados y ocultando la verdad. Muchos defensores a ultranza de la verdad caen en tal defecto, al imaginarse que no están siendo mentirosos si no dicen expresamente una mentira. En aquel país lejano donde alguna vez residí, existía una persona encantadora, una dama cuyos impulsos eran siempre elevados y puros, y cuyo carácter les hacía honor. Un día que estaba comiendo allí, comenté, de modo general, que todos mentimos. Ella se sorprendió y dijo:
—No todos.
Como esto sucedía en tiempos posteriores al Pinafore, no respondí lo que naturalmente haría, sino que dije con franqueza:
—Sí, todos… todos somos mentirosos; no hay excepciones.
Aparentando estar muy ofendida, dijo:
— ¿Me incluyes también a mí?
—Ciertamente --dije—, creo que tú hasta clasificas como experta.
Entonces respondió;
—¡Cállate! ¡Los niños! —de modo que cambiamos el tema en consideración a la presencia de los infantes, y seguirnos hablando de otras cosas. Pero tan pronto se retiraron éstos, la dama muy entusiasmada volvió al tema y dijo:
—Tengo por regla de vida nunca decir una mentira, y jamás me he apartado de ella ni en un solo caso.
Yo le contesté:
—No quiero herirla o faltarle al respeto de ninguna manera, pero es imposible haber dicho más mentiras que las suyas desde que ha estado aquí. Y me ha ocasionado mucho dolor, porque yo no estoy acostumbrado a eso.
Ella me pidió un ejemplo… sólo uno. Entonces dije:
—Bien, aquí tiene el duplicado vacío de un formulario que el hospital de Oakland le envió con una enfermera que vino aquí a cuidar a su sobrinito en su grave enfermedad. En este formulario hacen toda clase de preguntas relacionadas con la conducta de la enfermera: ¿Se durmió alguna vez en su vigilia? ¿Alguna vez olvidó dar la droga?, etc. Le advierten que sea muy cuidadosa y explícita en sus respuestas, porque la buena marcha del servicio depende de que las enfermeras sean multadas o se las castigue por las faltas come tidas. Usted me contó que estaba fascinada con esa enfermera, pues tenía mil cualidades y un solo defecto: que no podía confiarse en que arropara a Johnny lo suficiente mientras él esperaba en el aire frío a que ella le tendiera la cama caliente. Usted llenó el duplicado de este papel y lo envió al hospital por conducto de la enfermera. Cómo respondió usted a la pregunta "¿Fue culpable alguna vez la enfermera de un acto de negligencia que pudiera dar como resultado que el paciente se resfriara?". Vamos, aquí en California..., todo se decide con una apuesta: diez dólares contra diez centavos a que usted mintió cuando contestó esa pregunta.
—¡No la contesté; la dejé en blanco! —dijo ella.
—Eso mismo… usted dijo una mentira silenciosa; dejó que se infiriera que no había encontrado ningún defecto en ese punto.
-¿Oh, era eso una mentira? ¿Y para qué mencionar su único defecto siendo ella tan buena...? Habría sido cruel —dijo ella.
Contesté:
—Uno siempre debe mentir cuando puede hacer un bien con la mentira, y su impulso fue co rrecto, pero su juicio pobre; esto es el producto de una práctica poco inteligente. Ahora observe el resultado de esta desviación inexperta suya. Usted sabe que Willie, el hijo de Mr. Jones, está gravísimo, pues padece de fiebre escarlata. Resulta que su recomendación fue tan entusiasta que esa muchacha está allá cuidándolo, y sus familiares, que estaban exhaustos, se confiaron y se quedaron profundamente dormidos las últimas catorce horas, dejando a su hijo querido con plena confianza en esas manos fatales, porque usted, al igual que el joven George Washington, tiene reputación de... sin embargo, si usted no tiene mejor programa, mañana vengo para que asistamos juntos al entierro, porque, claro está, supongo que usted sentirá un peculiar interés en el caso de Willie...; un interés personal, de hecho, como la persona que lo llevó a la tumba.
Pero todo eso se perdió. Antes de que yo llegara a la mitad de lo que iba a decir, la mujer se montó en un coche y a treinta millas por hora se embocó hacia la mansión de los Jones para salvar lo que quedara de Willie y relatar cuanto sabía de la enfermera fatal. Todo lo cual era innecesario, pues Willie no estaba enfermo; yo había mentido. Pero en todo caso, ese mismo día envió unas palabras al hospital para llenar el espacio vacío que había dejado sin contestar, y estableció los hechos, además, de la manera más franca y directa.
Bien; como ustedes pueden ver, el problema de esta mujer no estaba en que mintiera, sino en que no lo hiciera de manera juiciosa. En ese caso debió haber contado la verdad, y haberle compensado a la enfermera con una alabanza fraudulenta más adelante. Podría haber dicho: "En un aspecto, la enfermera es el non plus ultra de la perfección: cuando está de guardia, jamás ron ca". Casi cualquier mentirilla agradable le habría sacado el veneno a esa complicada pero necesa ria formulación de la verdad.
La mentira es universal.., todos mentimos; todos tenemos que hacerlo. Por tanto, lo sabio es educarnos con diligencia a fin de mentir de manera juiciosa y considerada; a fin de mentir con un buen propósito y no con uno pérfido; a fin de men tir para ventaja de los demás y no para la nuestra; a fin de que nuestras mentiras sean aliviadoras, caritativas y humanitarias, y no crueles, letales o maliciosas; a fin de mentir de manera agradable y graciosa, no torpe y tonta; a fin de mentir con fir meza, franqueza y desfachatez, con la cabeza en alto, sin vacilaciones ni torturas, sin actitudes pu silánimes, como si nos avergonzara el gran deber que tenemos de hacerlo. Sólo así nos desharemos de la verdad hedionda y pestilente que está corroyendo la tierra; sólo así seremos valiosos, buenos y bellos, moradores meritorios de un mundo en el que incluso la naturaleza benigna suele mentir, excepto cuando promete mal tiempo. Sólo entonces..., pero no soy más que un pobre estudiante nuevo de este arte gracioso, y no soy nadie para instruir a este club.
Hablando en serio, creo que es imprescindible examinar con inteligencia qué tipos de mentiras son las mejores y más saludables, dado que todos tenemos que mentir y que todos mentimos; y qué tipo de mentira es mejor evitar. Considero que esto es algo que con toda confianza puedo poner en las manos de este club de expertos, una enti dad madura, a la que puede ponérsele el epíteto a este respecto, y sin adulación inmerecida, de "Maestra Emérita".
* No acepté el premio.