29/9/09

Rodolfo Juan Oviedo

Don Elías y la inundación

Le costaba dejar la casa. Lo notaba en el cansado movimiento de la mano, que se negaba a cerrar el candado de la puertita del frente.

-No hay más remedio, se dijo.

Como para afirmar sus palabras extendió la mirada alrededor. Sobre la masa líquida que hacía tiempo ya, había ganado el interior del patio, flotaban los restos sin valor de lo que hasta ayer fuera su vida cotidiana: un diario viejo, una escoba ya gastada,algunos palos que amontonara con la secreta ilusión de poder asar aunque más no fuera un bicho en la isla, la vieja cubierta donde apoyaba el macetón con los malvones...

A su alrededor el “silencio de sapos” lo sobrecogió.

- Silencio de sapos, pensó.

No se oía otra cosa que su croar.

-Ya no hay nadie, murmuró.

Recordó el bullicio de los últimos días, el incesante ir y venir de camiones y camionetas cargando con todo aquello que componía la totalidad de los muebles y enseres de cada una de las casas hoy abandonadas.

-¡Parece imposible!

A través de las alambradas miró los patios de sus vecinos. El agua iba ganando territorio en todos ellos...cercando las casas...Miraba las puertas cerradas.

Las ventanas cerradas. La humedad trepando ya en las paredes.

La casa del “doctor era la más castigada”

- Siempre fue bajo este lugar...Tipo raro el doctor- pensó -.¡Venirse a vivir por acá! ¿Será de veras doctor?

No se parecía a los dos o tres abogados que conociera .Ni siquiera hablaba demasiado.. Aunque la otra vez sí lo hizo. Parecía enojado. “¡Diez millones de dólares en los Cruz del Sur!, ¡Ochocientos millones en las autopistas! Y mientras tanto los que trabajamos nos ahogamos como ratas”, decía.

Unas hormigas se apretujaban sobre el emergido tallo de una planta. Lentamente el agua la iba cercando.

-¡ Pucha que cuesta irse!, se dijo.

Le parecía como si la casa lo llamara. Como si lo culpara por abandonarla. La sentía frágil y desprotegida

- Si la patrona viviera, seguro me quedaba.

Recordó la del sesenta y seis. El agua estaba casi en la ventana cuando se convencieron de que aunque sumaran un tercer “piso”de caños a los dos ya hechos con los que habían traído de la fábrica, el agua igual les ganaría.

-La peleamos lindo esa vez....!

Atardecía. A sus espaldas el agua formaba un interminable manto uniforme. Algunas partes más elevadas del terreno se resistían aún, en una estéril lucha.

Todo iba siendo cubierto.

-“Diez millones de dólares en los Cruz del Sur”, recordó. Quiso imaginarse cuánta plata sería pero no lo logró..

Por la bronca que tenía, se dijo, seguro que alcanzaban para hacer las defensas.

Con gesto resignado terminó de cerrar el candado, y lentamente , apartando el agua que le llegaba a las rodillas, empezó a caminar hacia la ruta.