11/1/09

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Desde mi herida
EL CALOR DEL DINERO
de Daniel Verdú

Para los que visiten una gran ciudad por primera vez, aparte de las deslumbrantes luces, otros fenómenos menos luminosos deberían llamarles más la atención, como lo que sucede por las noches en los cajeros automáticos de las entidades bancarias, apartamentos de una sola habitación que los dueños del dinero han regalado a sus amantes más lascivas, las máquinas expendedoras de billetes; antaño a las mantenidas se les ponía una mercería, ahora un cajero bien seguro.

Visitadas multitudinariamente de día, las máquinas son exhibidas sin pudor por sus dueños como los animales en los zoológicos, pero con la diferencia de que aquí sí se permite dar de comer a las bestias, que se nutren de plástico y defecan al instante agradecidos papeles de colores, un tipo de excremento ideal para abonar la enredadera de la codicia que crecerá entorno a nosotros hasta taparnos la visión. Con suma facilidad, consuma felicidad. Todo idílico, de no ser –siempre alguien tiene que aguar la fiesta– por los que no pueden permitirse el lujo de alimentar a las bestias al no tener ni para ellos.

Podría pensar algún ingenuo que acaso el capitalismo feroz ha acabado por mostrarse misericordioso con los indigentes y, por el reconcomio de haberles quitado todo, ha creado realmente esas habitaciones gratuitas parar darles abrigo en los duros inviernos; pues cuando caen las noches frías, se mudan cual plaga bíblica con sus escasas pertenencias y sin invitación alguna a pernoctar en los cajeros automáticos haciendo compañía a unas máquinas que no se lo agradecen aunque tampoco se lo reprochan. Pero, no nos engañemos, este beneficioso uso indebido sólo debe considerarse como un efecto colateral, se refugian al regazo de un témpano de hielo para sentir el calor del dinero que no tienen. La miseria es fría.

© Daniel Verdú


Libro de Pablo García Casado
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