21/12/08

Incomunicación. Por Alfredo Triff




Él trataba de explicarle su manera de ver las cosas. Ella también. Como la ola tiene onda y cresta, sus palabras proyectaban unir y desunir en crescendo diminuendo. El tema convergía al centro, en anuencia implícita, con ideas que se adosaban y luego se enquistaban. Un ritmo de pleonasmo circulaba por todo para precipitar un impulso fuera del centro, como cuando la línea de círculo se torna en espiral. Buena conversación... se decían. El clima logométrico fue de tibio a frío con parlamentos noctívagos y tangenciales. Hacía dos horas que trataban de alcanzar un punto de convergencia. Quizá en el acto de comunicarse, las palabras se agotaban: los adjetivos, tan llenos de sí, pasaron a ser sintéticos y luego superlativos para después tenderse al adverbio de cantidad y de duda. "Quizá", y "acaso", pasaron para ella a un primer plano. Para él era imperativo mantenerse en la afirmación. "Por supuesto", "claro". Ella lo acusaba de pragmático. Él ripostaba que era idealista. Ambos utilizaban el lenguaje cual colorante. Para ella el verbo provenía de lo psíquico. La palabra es una viscosidad mental que calca la realidad. La señal pronta (la del corazón) es inmediata, incuestionable. "Lo sé porque me ha pasado", juraba. Una tarde la plática revivió. Había algo auspiciante. Vocablos con peso y dirección específicos. Profirieron locuciones fortuitas cual danza de fingido protocolo. Atónitos, se miraron y decidieron indagarse con cautela. Ella no omitió que hay discursos de colores laxos y mórbidos que se tejen por sí mismos en el laberinto de la duda... él evocó que la realidad es afín a la palabra, cuando ella misma huelga. En ese momento tan fructuoso, ambos sonrieron y callaron.

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