25/2/10

El anciano sabio


Había una vez un anciano que pasaba los días sentado junto a un pozo a la entrada del pueblo.

Un día, un joven se le acercó y le preguntó: -Yo nunca he venido por estos lugares.¿ Cómo son los habitantes de esta ciudad?

El anciano le respondió con otra pregunta: -¿Cómo eran los habitantes de la ciudad de la que vienes?

-Egoístas y malvados, por eso me he sentido contento de haber salido de allí.

-"Así son los habitantes de esta ciudad", le respondió el anciano.

Un poco después, otro joven se acercó al anciano y le hizo la misma pregunta: -Voy llegando a este lugar.¿Cómo son los habitantes de esta ciudad?

El anciano de nuevo le contestó con la misma pregunta: -¿Cómo eran los habitantes de la ciudad de donde vienes?

-Eran buenos, generosos, hospitalarios y trabajadores. Tenía tantos amigos que me ha costado mucho separarme de ellos.

-También los habitantes de esta ciudad son así - respondió el anciano.

Un hombre que había llevado sus animales a tomar agua al pozo y que había escuchado la conversación, en cuanto el joven se alejó, le dijo al anciano: -¿Cómo puedes dar dos respuestas completamente diferentes a la misma pregunta hecha por dos personas?

-Mira - le respondió - Cada uno lleva el universo en su corazón. Quien no ha encontrado nada bueno en su pasado, tampoco lo hallará aquí. En cambio, aquel que tenía amigos en su ciudad, encontrará también aquí amigos leales y fieles. Porque las personas son lo que encuentran en sí mismas; encuentran siempre lo que esperan encontrar.

Las personas tenemos tendencia a rodearnos de otros seres que comparten en gran medida nuestro estilo de vida. Y si estamos rodeados de gente, por ejemplo, egoísta, es porque en alguna medida también lo somos. Por el contrario, si estamos rodeados de personas amistosas, es porque nuestro temperamento es también amistoso.

Si no somos propensos a algo, por ejemplo a la amistad, aunque nos rodeemos de personas que cultivan la amistad como un verdadero tesoro, nunca lograremos abrirnos completamente a ese sentimiento, ya que nuestra esencia no lo considera.

Nuestra esencia nos lleva hacia sujetos de esencias semejantes. Por eso, los pobres de espíritu, aquí o allá, se conectaran con espíritus también pobres. En cambio, los ricos de espíritu buscarán, estén donde estén, a quienes puedan contribuir a incrementar su riqueza.

14/2/10

Guillermo Jaim Etcheverry


Escrito a mano

Cuánto hace que no experimentamos el placer de recibir una carta manuscrita en letra cursiva? La caligrafía es una habilidad humana en rápida extinción, porque ya casi no se enseña en las escuelas. Cuando se emplea una lapicera, en general se lo hace para escribir con letra de imprenta. Stefano Bartezzaghi y María Novella de Luca, periodistas italianos interesados en el tema, se preguntan si la preocupación por el ocaso de la escritura cursiva responde a la nostalgia o constituye una emergencia cultural. Muchos expertos se inclinan por la última alternativa. En Inglaterra se vuelve a usar la estilográfica para que los estudiantes aprendan la grafía. En Francia también se considera que no se debe prescindir de esa habilidad, pero allí el problema reside en que ya no la dominan ni los maestros. Aunque el mundo adulto no está aún preparado para recibir las nuevas inteligencias de los niños producto de la tecnología, la pérdida de la habilidad de la escritura cursiva explica trastornos del aprendizaje que advierten los maestros e inciden en el desempeño escolar.

En la escritura cursiva, el hecho de que las letras estén unidas una a la otra por trazos permite que el pensamiento fluya con armonía de la mente a la hoja de papel. Al ligar las letras con la línea, quien escribe vincula los pensamientos traduciéndolos en palabras. Por su parte, el escribir en letra de imprenta, alternativa que se ha ido imponiendo, implica escindir lo que se piensa en letras, desguazarlo, anular el tiempo de la frase, interrumpir su ritmo y su respiración.

Si bien ya resulta claro que las computadoras son un apéndice de nuestro ser, hay que advertir que favorecen un pensamiento binario, mientras que la escritura a mano es rica, diversa, individual, y nos diferencia a unos de otros. Habría que educar a los niños desde la infancia en comprender que la escritura responde a su voz interior y representa un ejercicio irrenunciable. Es ilógico suponer que la tendencia actual se revertirá, pero al menos los sistemas de escritura deberían convivir, precisamente por esa calidad que tiene la grafía de ser un lenguaje del alma que hace únicas a las personas. Su abandono convierte al mensaje en frío, casi descarnado, en oposición a la escritura cursiva, que es vehículo y fuente de emociones al revelar la personalidad, el estado de ánimo. Posiblemente sea esto lo que los jóvenes temen, y optan por esconderse en la homogeneización que posibilita el recurrir a la letra de imprenta.

Porque, como lo destaca Umberto Eco, que interviene activamente en este debate, la escritura cursiva exige componer la frase mentalmente antes de escribirla, requisito que la computadora no sugiere. En todo caso, la resistencia que ofrecen la pluma y el papel impone una lentitud reflexiva. Muchos escritores, habituados a escribir en un teclado, desearían a veces volver a realizar incisiones en una tableta de arcilla, como los sumerios, para poder pensar con calma. Eco propone que, así como en la era del avión se siguen tripulando barcos a vela, sería auspicioso que los niños aprendieran caligrafía, para educarse en lo bello y para facilitar su desarrollo psicomotor.

Como en tantos otros aspectos de la sociedad actual, surge aquí la centralidad del tiempo. Un artículo reciente en la revista Time, titulado Duelo por la muerte de la escritura a mano, señala que es ése un arte perdido, ya que, aunque los chicos lo aprenden con placer porque lo consideran un rito de pasaje, "nuestro objetivo es expresar el pensamiento lo más rápidamente posible. Hemos abandonado la belleza por la velocidad, la artesanía por la eficiencia. Y, sí -admite su autora, Claire Suddath-, tal vez seamos algo más perezosos. La escritura cursiva parece condenada a seguir el camino del latín: dentro de un tiempo, no la podremos leer". Abriendo una tímida ventana a la individualidad, aún firmamos a mano. Por poco tiempo.

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

13/2/10

Sabato Ernesto

(Imagen:La humanidad, Cristina Alejos Cañadas)

"Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Este es uno de esos días...

...Cuando somos sensibles, cuando nuestros poros no están cubiertos de las implacables capas, la cercanía con la presencia humana nos sacude, nos alienta, comprendemos que es el otro el que siempre nos salva. Y si hemos llegado a la edad que tenemos es porque otros nos han ido salvando en la vida...

...El latido de la vida exige un intersticio, apenas el espacio que necesita un latido para seguir viviendo, y a través de él puede colarse la plenitud de un encuentro, como las grandes mareas pueden filtrarse aun en las represas más fortificadas, o una enfermedad puede ser la apertura o el desborde de un milagro cualquiera de la vida: una persona que nos ame a pesar de nuestra cerrazón como una gota que golpeara incesantemente contra los altos muros. Y entonces la persona que estaba más sola y cerrada puede ser ella misma la más capacitada por haber sido quien soportó largo tiempo esa grave carencia...

... Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obra de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados...

...El destino se muestra en signos e indicios que parecen insignificantes y que luego reconocemos como decisivos. Así, en la vida uno muchas veces cree andar perdido, cuando en realidad siempre caminamos con un rumbo fijo, en ocasiones determinado por nuestra voluntad más visible, pero en otras, quizás más decisivas para nuestra existencia, por una voluntad desconocida aún para nosotros mismos, pero no obstante poderosa e inmanejable, que nos va haciendo marchar hacia los lugares en que debemos encontrarnos con seres o cosas que, de una o de otra manera, son, o han sido, o van a ser primordiales para nuestro destino...
...Creo que la libertad nos fue destinada para cumplir una misión en la vida; y sin libertad nada vale la pena...
...La historia siempre es novedosa. Por eso a pesar de las desilusiones y frustraciones acumuladas, no hay motivo para descreer del valor de las gestas cotidianas... ...Sí, tengo una esperanza demencial, ligada paradójicamente, a nuestra actual pobreza existencial, y al deseo, que descubro en muchas miradas, de que algo grande pueda consagrarnos a cuidar afanosamente la tierra en que vivimos..."

Fragmento de "La resistencia", de Ernesto Sabato...candidato al nobel de literatura 2010.

6/2/10

César Hazaki



El patrón de la maniobra


Quizá ficticia y sin duda sarcástica es la sesión psicoanalítica de un paciente que, “patrón de la maniobra”, siempre tiene un saldo a su favor y para quien las interpretaciones no son más que “un baño de ternura”.

Por César Hazaki

Entró acelerado como siempre; había pedido que la sesión fuese más tarde, porque tareas arduas y complejas lo demoraban en el trabajo. Se quitó el saco y apagó los dos teléfonos que llevaba a la cintura a modo de pequeñas armas de última generación. Como se dio cuenta de que yo observaba los aparatos, teatralmente hizo un giro de trescientos sesenta grados, disparando con sus celulares a imaginarios rivales:

–¿Se acuerda cuando jugábamos al Poliladron? A mí gustaba llevar escondida en la espalda un arma: cuando estábamos ya en el final, en situación desesperada, la sacaba de sorpresa y terminábamos ganando. Pero con el tiempo se avivaron, entonces yo no dormía hasta crear otras estrategias. Fuimos unos ladrones eximios. Además, era rápido para encontrar los tesoros, husmeaba lo que estaba oculto: en el agujero de un árbol, un arma escondida; en la ingle de alguno, un puñal; en algún bolsillo secreto, el papelito donde estaban los planes de los polis. Ganábamos siempre.

Me encargué de mostrarle los aspectos edípicos del relato y de su postura de cowboy en el medio del consultorio:

–De parado, al palo. Excitado como chico que quiere meterse en la cama de la madre. Mucha arma, mucho tiro a troche y moche, mucho pelarla. La ilusión de una carga de munición inagotable.

–Querido psicoanalista: usted es, cómo decirle, un baño de ternura. Anoche soñé que me metía en una cama muy pero muy grande. Yo era tan chico que me perdía en esa cama. Usted..., ya sé que no es así, pero parece un mago: saca escenas primarias como si fueran globos de la manga y encima se anticipa a lo que sueño.

Iba a arremeter con el tema de la magia y continuar mostrándole cómo estaba empecinado en reeditar a Edipo, pero me cortó en seco:

–Por un tiempo no voy a venir.

Se hizo un silencio notorio. El tipo había dado un golpe de efecto. Pensé en él y en mi bolsillo, no podía dejar de reconocer que mis intereses saboteaban algo la próxima interpretación: eran ciento cincuenta mangos la sesión. Corté el tenso silencio:

–Acaba de darle una sorpresa al mercado. Se suma así a la volatilidad general de los mercados.

Sonrió y, moviendo su dedo índice, siguió el camino que mis palabras le abrían:

–Un ejemplo acabado de todo lo que aprende de sus pacientes. Me imagino que habrá salido de los fondos de inversión. Si está pensando a largo plazo, le recomiendo los metales. Está todo muy impredecible, hay que entrar y salir, entrar y salir. Jugar al anticipo. No quedarse quieto y, ya se sabe, a río revuelto...

Como dejó un espacio en su relato, me animé a relacionar eso de los metales duros y el meta y saca como figuras repetidas de coitos interminables. Con apuro, porque temía que me cortara, agregué con firmeza:

–Una fantasía infantil ese pene de oro, muy valioso y requerido. Un monumento fálico enhiesto que juega al movimiento uniformemente acelerado todo el tiempo.

Me cortó sin pensar mucho en lo que estaba interpretando:

–Apareció una oportunidad imperdible en Francia. Hicieron un corralito. ¡Imagínese! ¡Un corralito al uso nostro! Los tipos dicen que no hay euros para pagar unos fondos de inversión y que no saben el valor de esos fondos. Es un pagadiós hecho y derecho. Como esto recién empieza, unos financistas franceses me piden que vaya urgentemente a dirigir la operación rescate. Hay que sacar la guita de ese banco y nadie mejor que el quía. Usted sabe que tengo el mejor record de extracciones de los bancos durante la gran batalla de los años 2001 y 2002. Los colegas me regalaron una medalla de oro, ¿se acuerda? Lo que vale tener una buena trayectoria, ¿verdad?

Con cierto desasosiego, le dije:

–Oliendo y palpando siempre en lugares no santos. Logrando allí lo que otros no pueden, no saben o no se animan.

–Me gusta eso: estar donde otros no llegan o no pueden; ahí, alto y con vista aguda, mirando a la distancia, como un águila en la piedra movediza de Tandil. Así tiene que ser la vida, sí señor. Pero no se angustie, no me extrañe. Es un viaje de un mes a lo sumo. Claro que no pude con mi genio, quiero llevar una familia de cartoneros. Unos tipos que hicieron la torta de abajo, bien de abajo. Me parece que podemos hacer el negocio del cirujeo y reciclado en París. Podría crecer el asunto.

Pensé en la Roudinesco, en René Major, en los hijos, en los sobrinos, nietos y entenados que vivían de Lacan. En el Colegio de Altos Estudios. En el Campo de Marte y el Museo del Louvre. Visualicé el camino de París a Viena, esa peregrinación hacia Freud; en fin, la historia y la búsqueda de nuevos conocimientos, un deseo profundo que el maestro nos había legado. Nunca en mi vida había podido cumplir mi sueño de estudiar en París, tampoco había conocido el consultorio de Freud; estando tan cerca Viena de París, era sencillo pasar un fin de semana por el santuario. Yo había estado a punto de hacerlo, pero me tragó la plata el corralito, me dejaron sin un peso y ahora este tipo lo menciona como un filón para hacer negocios y se friega las manos.

–Mis socios de París me dijeron que soy el único que puede pilotear este asunto. Es que la rapidez del porteño sirve internacionalmente. La tarea no es fácil, hay que conseguir muchos desocupados para que hagan cola las veinticuatro horas en la puerta del banco, darles algo de comer, organizar los relevos, pagarles cada doce horas, tratar de ser los dueños de la lista de espera. En suma, llegar a tiempo para estar con todo preparado para el comienzo del gran bolonqui. Ellos saben que ése es uno de mis fuertes.

Calló un momento, como seleccionando lo que iba a decir:

–El patrón de la maniobra, le pido reserva con esta información, es el mismo banco que organizó el corralito. La verdad, estimado psicoanalista, es que cuando ajustamos todo el banco canta pelito para la vieja y comienza el zafarrancho de combate. Igual que acá. Y quieren un experto, son tan cautos los europeos de bien... Claro que, si salta la térmica, el que cargaría con el castigo sería este sudaca laborioso. No son boludos, necesitan gurkas que les hagan el trabajo sucio. Pero uno puede buscar un árabe o algún africano que quede pegado y listo. La ley del gallinero, ¿vio?

Con cierto escepticismo traté de hablar de ese monumento de oro que soñaba con ser conocido en todo el mundo:

–Usted se imagina como Príapo y desea que todos lo vean y se lo toquen. Endiosado e impune.

Educadamente me contestó:

–Puede ser, puede ser... Mire, si la cosa se viene abajo, en la Ciudad Luz varios viejitos van a morirse del corazón. No van a aguantar el disgusto. Y nadie se va a ocupar. Quizá podemos tomar algunas casas con los tercera edad adentro ya fritos. Hay un farmacéutico que prepara un acetilbenzoico sódico que, con un par de inyecciones, hace momia un muerto en menos de dos horas. Y el negocio de alquilar a los indocumentados es muy pero muy bueno. Con eso le bajamos los precios al barrio, lo hacemos bien marginal, mucha falopa, delito, prostitución y los buenos vecinos rajan en horas. Lo que queda lo compramos por monedas. Después, se trata de hacer zonas residenciales para familias con mucho vento. Como la onda country se acabó, reciclamos todo. Exporto unos okupas del tercer y cuarto mundo para eso. No tengo mucha relación con la falsificación de pasaportes; ahhh, ya sé, le voy a preguntar a B. C., que es representante de jugadores de fútbol. Ese lo hace nacer a uno en cualquier lugar del mundo, se lo juro. Antes de poner el primer ladrillo rajamos a los okupas con la cana and the pesada y a construir se ha dicho. Hay que tener una perspectiva global del asunto.

Miró el reloj y, sin decir mucho más, me pagó con quinientos euros las tres sesiones que me debía. Le dije que no tenía cambio, era imposible. Desdeñó con un gesto y agregó:

–Me queda un saldo a favor, no se caliente. Tómelo como una operación de mercado: estoy comprando sesiones a futuro. Lo voy a extrañar, con su silencio y sus interpretaciones me abre campos inmensos para mis negocios. Yo lo llamo.

Fue lo último que escuché al cerrar la puerta.

* Relato incluido en el libro El psicoanalista perdido (ed. Topía).

http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-139545-2010-02-06.html

2/2/10

GUY DE MAUPASSANT


CONFESIONES DE UNA MUJER

Amigo mío, me ha pedido usted que le cuente los recuerdos más vivos de mi existencia. Soy muy vieja, sin parientes, sin hijos; puedo, pues, libremente confesarme con usted. Prométame sólo que jamás desvelará mi nombre.

He sido muy amada, usted lo sabe; y a menudo amé yo también. Era muy hermosa; puedo decirlo hoy, cuando ya nada queda. El amor era para mí la vida del alma, como el aire es la vida del cuerpo. Hubiera preferido morir a existir sin ternura, sin un pensamiento siempre clavado en mí. Las mujeres pretenden con frecuencia no amar sino una sola vez con todo el poder de su corazón; con frecuencia me ocurrió que amaba tan violentamente que me parecía imposible que aquellos transportes finalizasen. Y sin embargo se extinguían siempre de una forma natural, como un fuego falto de leña.

Le contaré hoy la primera de mis aventuras, en la que yo fui muy inocente, aunque determinó las otras. La horrible venganza de ese espantoso farmacéutico de Le Pecq me ha recordado el terrible drama al cual asistí muy a mi pesar.

Estaba casada desde hacía un año, con un hombre rico, el conde Hervé de Ker..., un bretón de vieja cepa al cual, por supuesto, no amaba. El amor, el verdadero, necesita, o por lo menos así lo creo, libertad y obstáculos al mismo tiempo. El amor impuesto, sancionado por la ley, bendecido por el sacerdote, ¿es amor? Un beso legal nunca vale lo que un beso robado.

Mi marido era de elevada estatura, elegante y todo un gran señor de aspecto. Pero carecía de inteligencia. Hablaba de un modo terminante, emitía opiniones cortantes como cuchillos. Se le notaba una mente llena de ideas preconcebidas, infundidas en él por sus padres que a su vez las habían recibido de sus antepasados. No vacilaba jamás, daba sobre todo una opinión inmediata y limitada, sin el menor embarazo y sin comprender que pudieran existir otros modos de ver. Se notaba que aquella cabeza estaba cerrada, que por ella no circulaban ideas, esas ideas que renuevan y sanean un espíritu como el viento que atraviesa una casa cuyas puertas y ventanas se abren.

El castillo donde vivíamos se encontraba en plena región desierta. Era un gran edificio triste, enmarcado por árboles enormes cuyo musgo hacía pensar en las blancas barbas de los ancianos. El parque, un verdadero bosque, estaba rodeado por un profundo foso de esos que llaman salto de lobo; y al final, del lado del páramo, teníamos dos grandes estanques llenos de cañas y de hierbas flotantes. Entre los dos, a orillas de un arroyo que los unía, mi marido había mandado construir una pequeña choza para tirar sobre los patos salvajes.

Teníamos, amén de nuestros criados normales, un guarda, una especie de bruto adicto a mi marido hasta la muerte, y una doncella, casi una amiga, locamente ligada a mí. Yo la había traído de España cinco años antes. Era una niña abandonada. Se la hubiera tomado por una gitana a causa de su tez morena, de sus ojos oscuros, de sus cabellos profundos como un bosque y siempre encrespados en torno a la frente. Contaba entonces dieciséis años, pero aparentaba veinte.

Comenzaba el otoño. Cazábamos mucho, unas veces en las propiedades de los vecinos, otras en la nuestra; y yo me fijé en un joven, el barón de C..., cuyas visitas al castillo se volvían singularmente frecuentes. Después dejó de venir, y no pensé más en él; pero me di cuenta de que mi marido cambiaba de actitud conmigo.

Parecía taciturno, preocupado, ya no me abrazaba; y aunque casi no entraba en mi dormitorio, que yo había exigido separado del suyo con el fin de vivir un poco sola, a menudo oía, de noche, unos pasos furtivos que llegaban hasta mi puerta y se alejaban tras unos minutos.

Como mi ventana estaba en la planta baja, a menudo creí también oír merodeos en la sombra, en torno al castillo. Se lo dije a mi marido, que me miró fijamente durante unos segundos y después respondió:
-No es nada, es el guarda.
Ahora bien, una noche, cuando acabábamos de cenar, Hervé, que parecía muy alegre, contra su costumbre, con una alegría socarrona, me preguntó: -¿Le gustaría a usted pasar tres horas al acecho para matar un zorro que viene por las noches a comerse mis gallinas? Me quedé sorprendida; vacilaba; pero como él me examinaba con singular obstinación, acabé respondiendo:
-Claro que sí, amigo mío. Tengo que decirle que yo cazaba como un hombre lobos y jabalíes. Conque era muy natural que me propusiera aquel acecho. Pero mi marido de repente adoptó un aire extrañamente nervioso; y durante toda la velada estuvo agitado, levantándose y volviéndose a sentar febrilmente. Hacía las diez me dijo de pronto:
-¿Está usted preparada? Me levanté. Y cuando él me trajo mi escopeta, pregunté: -¿Hay que cargar con bala o con posta? Pareció sorprendido, y después prosiguió: -¡Oh!, sólo con posta, bastará, puede estar segura. Después, tras unos segundos, agregó con singular tono: -¡Puede usted alabarse de su sangre fría! Me eché a reír: -¿Yo? ¿Por qué? ¡Sangre fría para ir a matar un zorro! Pero, ¡qué ideas tiene usted, amigo mío!
Y henos aquí en marcha, sin hacer ruido, a través del parque. Toda la casa dormía. La luna llena parecía teñir de amarillo el viejo edificio oscuro cuyo tejado de pizarra relucía. Las dos torrecillas que lo flanqueaban ostentaban en su cima dos placas de luz, y ningún ruido turbaba el silencio de aquella noche clara y triste, dulce y pesada, que parecía muerta. Ni el menor soplo de aire, ni un grito de un sapo, ni un gemido de lechuza; un lúgubre entorpecimiento se había abatido sobre todo.
Cuando estuvimos bajo los árboles del parque me asaltó su frescura, y un olor a hojas caídas. Mi marido no decía nada, pero escuchaba, espiaba, parecía olfatear en las sombras, poseído de pies a cabeza por la pasión de la caza. Pronto llegamos al borde de los estanques.
Su cabellera de juncos permanecía inmóvil, ningún soplo la acariciaba; pero por el agua corrían movimientos apenas sensibles. A veces un punto se agitaba en la superficie, y de allí partían leves círculos, semejantes a arrugas luminosas, que se agrandaban sin fin. Cuando llegamos a la choza donde debíamos emboscarnos, mi marido me dejó pasar delante, después armó lentamente su escopeta y el chasquido seco de las piezas me produjo un extraño efecto. Me sintió temblar y me preguntó: -¿Es, acaso, que ya le basta a usted con esta prueba? Pues márchese. Respondí, muy sorprendida:
-Nada de eso, no he venido para regresar. ¿Está usted de broma esta noche? Murmuró: -Como usted quiera. Y permanecimos inmóviles. Al cabo de una media hora, como nada turbaba la pesada y clara tranquilidad de aquella noche de otoño, dije, en voz baja: -¿Está usted seguro de que pasa por aquí? Hervé tuvo una sacudida, como si lo hubiera mordido, y, con la boca pegada a mi oído: -Estoy seguro, escuche. Y volvió a reinar el silencio.
Creo que empezaba a amodorrarse cuando mi marido me apretó el brazo; y su voz silbante, cambiada, pronunció:
-¿No le ve usted, allá abajo, entre los árboles?
Por mucho que miraba, yo no distinguía nada. Y lentamente Hervé apuntó, mientras me miraba fijamente a los ojos. Yo misma estaba preparada para disparar, cuando de pronto, a treinta pasos de nosotros, apareció a plena luz un hombre que avanzaba a pasos rápidos, con el cuerpo inclinado, como si viniera huyendo. Me quedé tan estupefacta que lancé un violento grito; pero antes de que pudiera volverme, ante mis ojos pasó una llama, una detonación me aturdió, y vi al hombre rodar por el suelo como un lobo que recibe una bala. Lancé agudos clamores, espantada, asaltada por la locura; y entonces una mano furiosa, la de Hervé, me asió por la garganta. Fui derribada, y después alzada en sus robustos brazos. Corrió, llevándome en vilo, hacia el cuerpo tendido sobre la hierba, y me arrojó sobre él, violentamente, como si hubiera querido romperme la cabeza.
Me sentí perdida; iba a matarme; y ya alzaba sobre mi frente su tacón, cuando a su vez fue sujetado y derribado, sin que yo hubiese entendido aún lo que estaba ocurriendo. Me alcé bruscamente y vi, de rodillas sobre él, a Paquita, mi criada, que, aferrada a él como un gato furioso, crispada, enloquecida, le arrancaba la barba, el bigote y la piel del rostro.
Después, como asaltada bruscamente por otra idea, se levantó y, arrojándose sobre el cadáver, lo estrechó entre sus brazos, besándolo en los ojos, en la boca, abriendo con sus labios los labios muertos, buscando en ellos un hálito, y la profunda caricia de los amantes.
Mi marido, en pie, la miraba. Comprendió y, cayendo a mis pies:
-¡Oh! perdón, querida mía; sospeché de ti y he matado al amante de esta muchacha; mi guarda me ha engañado.
Yo, por mi parte, miraba los extraños besos de aquel muerto y aquella viviente; y los sollozos de ella, y sus sobresaltos de amor desesperado. Y en ese momento comprendí que le sería infiel a mi marido

1/2/10

Horacio Quiroga

Frida Kahlo


EL ALMOHADÓN DE PLUMAS

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...

-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.


30/1/10

Marina Colasanti




LA TEJEDORA


Se despertaba cuando todavía estaba oscuro, como si pudiera oír al sol llegando por detrás de los márgenes de la noche. Luego, se sentaba al telar.

Comenzaba el día con una hebra clara. Era un trazo delicado del color de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, mientras afuera la claridad de la mañana dibujaba el horizonte.

Después, lanas más vivaces, lanas calientes iban tejiendo hora tras hora un largo tapiz que no acababa nunca.

Si el sol era demasiado fuerte y los pétalos se desvanecían en el jardín, la joven mujer ponía en la lanzadera gruesos hilos grisáceos del algodón más peludo. De la penumbra que traían las nubes, elegía rápidamente un hilo de plata que bordaba sobre el tejido con gruesos puntos. Entonces, la lluvia suave llegaba hasta la ventana a saludarla.

Pero si durante muchos días el viento y el frío peleaban con las hojas y espantaban los pájaros, bastaba con que la joven tejiera con sus bellos hilos dorados para que el sol volviera a apaciguar a la naturaleza.

De esa manera, la muchacha pasaba sus días cruzando la lanzadera de un lado para el otro y llevando los grandes peines del telar para adelante y para atrás.

No le faltaba nada. Cuando tenía hambre, tejía un lindo pescado poniendo especial cuidado en las escamas. Y rápidamente el pescado estaba en la mesa esperando que lo comiese. Si tenía sed, entremezclaba en el tapiz una lana suave del color de la leche. Por la noche dormía tranquila después de pasar su hilo de oscuridad.

Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.

Pero tejiendo y tejiendo ella misma trajo el tiempo en que se sintió sola. Y por primera vez pensó que sería bueno tener al Iado un marido.

No esperó al día siguiente. Con el antojo de quien intenta hacer algo nuevo, comenzó a entremezclar en el tapiz las lanas y los colores que le darían compañía. Poco a poco, su deseo fue apareciendo. Sombrero con plumas, rostro barbado, cuerpo armonioso, zapatos lustrados. Estaba justamente a punto de tramar el último hilo de la punta de los zapatos cuando llamaron a la puerta.

Ni siquiera fue preciso que abriera. El joven puso la mano en el picaporte, se quitó el sombrero y fue entrando en su vida.

Aquella noche, recostada sobre su hombro, pensó en los lindos hijos que tendría para que su felicidad fuera aún mayor y fue feliz por algún tiempo. Pero si el hombre había pensado en hijos, pronto lo olvidó. Una vez que descubrió el poder del telar, sólo pensó en todas las cosas que éste podía darle.

—Necesitamos una casa mejor— le dijo a su mujer. Y a ella le pareció justo, porque ahora eran dos. Le exigió que escogiera las más bellas lanas color ladrillo, hilos verdes para las puertas y las ventanas, y prisa para que la casa estuviera lista lo antes posible.

Pero una vez que la casa estuvo terminada, no le pareció suficiente.

—¿Por qué tener una casa si podemos tener un palacio? —preguntó. Sin esperar respuesta, ordenó inmediatamente que fuera de piedra con terminaciones de plata.

Días y días, semanas y meses trabajó la joven tejiendo techos y puertas, patios y escaleras y salones y pozos. Afuera caía la nieve, pero ella no tenía tiempo para llamar al sol. Cuando llegaba la noche, ella no tenía tiempo para rematar el día. Tejía y entristecía, mientras los peines batían sin parar al ritmo de la lanzadera.

Finalmente el palacio quedó listo. Y entre tantos ambientes, el marido escogió para ella y su telar el cuarto más alto, en la torre más alta.

—Es para que nadie sepa lo del tapiz —dijo. Y antes de poner llave a la puerta le advirtió: —Faltan los establos. ¡Y no olvides los caballos!

La mujer tejía sin descanso los caprichos de su marido, llenando el palacio de lujos, los cofres de monedas, las salas de criados. Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer y tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que su tristeza le pareció más grande que el palacio, con riquezas y todo. Y por primera vez pensó que sería bueno estar sola nuevamente.

Sólo esperó a que llegara el anochecer. Se levantó mientras su marido dormía soñando con nuevas exigencias. Descalza, para no hacer ruido, subió la larga escalera de la torre y se sentó al telar.

Esta vez no necesitó elegir ningún hilo. Tomó la lanzadera del revés y. pasando velozmente de un lado para otro comenzó a destejer su tela. Destejió los caballos, los carruajes, los establos, los jardines. Luego destejió a los criados y al palacio con todas las maravillas que contenía. Y nuevamente se vio en su pequeña casa y sonrió mirando el jardín a través de la ventana.

La noche estaba terminando cuando el marido se despertó extrañado por la dureza de la cama. Espantado miró a su alrededor. No tuvo tiempo de levantarse. Ella ya había comenzado a deshacer el oscuro dibujo de sus zapatos y él vio desaparecer sus pies esfumarse sus piernas. Rápidamente la nada subió por el cuerpo. Tomó el pecho armonioso, el sombrero con plumas.

Entonces como si hubiese percibido la llegada del sol, la muchacha eligió una hebra clara. Y fue pasándola lentamente entre los hilos como un delicado trazo de luz que la mañana repitió en la línea del horizonte.


27/1/10

Mempo Giardinelli

Tito nunca más
Mempo Giardinelli

Para Pierpaolo Marchetti

1/
El mundo se le vino abajo el día que le cortaron la pierna. Solo tenía dieciocho años y era un centrodelantero natural, uno de los mejores número nueve surgido jamás de las divisiones inferiores de Chaco For Ever. Acababa de ser vendido a Boca Juniors, donde iba a debutar semanas después, cuando recibió la citación para ir a la Guerra. Aquel verano del '82 el General Galtieri ordenó atacar las Islas Malvinas y Tito Di Tullio fue convocado al término de la primera semana. Ahí empezó su calvario.
Le tocó estar en la batalla de Bahía de los Gansos, en la que los cañones ingleses convirtieron las praderas en infierno, los Harriers atacaban como palomas malignas y los gurkas se movían como alacranes. Un granadazo hizo volar por los aires la trinchera que habían cavado por la mañana y una esquirla en la pierna derecha le quebró el fémur y lo dejó tendido, boca arriba, mirando un punto fijo en el cielo como pidiéndole una explicación. Enseguida reaccionó y, en medio de la balacera, se hizo un torniquete para detener la pérdida de sangre. La herida no hubiera sido demasiado grave si lo hubiesen atendido a tiempo, pero la incompetencia militar argentina y la furia británica lo obligaron a permanecer allí por muchas horas, durante las que fue sintiendo cómo la gangrena o como se llamase esa mierda que lo paralizaba le tomaba toda la pierna. El bombardeo y la metralla, ruidosamente unánimes, impedían todo movimiento, y Tito, que parecía un muerto más en el campo de batalla, solo pudo llorar amargamente, inmóvil y aterrado por el dolor y por el miedo, dándose cuenta, además, de que nunca más volvería a jugar al fútbol.
Lo encontraron desvanecido y alguno dijo después que los ingleses lo habían dado por muerto. Unos soldados enfermeros del 7º de Artillería que marchaban en retirada, al día siguiente, lo reconocieron. Chaqueños todos ellos, uno dijo ché éste se parece al Tito Di Tullio, el nueve de For Ever, y otro dijo no parece, boludo, es el Tito y está vivo.
Lo colocaron en una camilla improvisada y lo llevaron hasta el comando del regimiento, que por esas horas empezaba a rendirse. La desmoralización era general y nadie sabía quién mandaba. Todos los oficiales estaban desconcertados y de hecho habían abandonado a sus tropas. Batallones enteros estaban a cargo de sargentos, o simples cabos, y cuando llegó la camilla en la que agonizaba ese soldado que había perdido muchísima sangre, alguien, seguramente un oficial británico, dispuso que fuese operado de urgencia en uno de los hospitales de campaña que los ingleses instalaron en Puerto Argentino, nuevamente llamado por ellos Port Stanley.
Allí le cortaron la pierna. Nadie supo ni sabría jamás si fue lo mejor que se podía hacer en aquel momento, pero fue lo que hicieron. Así terminó la guerra para Tito Di Tullio, y también se terminaron su carrera futbolística y sus ganas de vivir.
2/
Cuando regresó al Chaco, cuatro meses después, apenas sostenía su cuerpo magro y encorvado apoyándose en un par de muletas. Pero lo que más impresionaba era la expresión de tristeza infinita que se le había estampado en la cara como un tatuaje virtual.
Esa misma, primera semana, las autoridades de Chaco For Ever le hicieron un homenaje en la cancha de la Avenida 9 de Julio. Con las tribunas repletas, minutos antes de un partido de liga todo el estadio lo aplaudió de pie, como a un héroe. Pero todos vimos, también, que Tito no se emocionaba ni sonreía; era apenas un cuerpo irregular coronado por esa tristeza imbatible. Era una mueca mezcla de horror, angustia y rabia, y todos vimos cómo sus ojos velados miraban la gramilla con resentimiento y más allá a unos chicos que jugaban con una pelota a la que Tito, me pareció, hubiese querido patear para siempre.
Desde entonces, muchas veces me pregunté cómo se hará para soportar semejante frustración. Los que estamos completos, y somos jóvenes, no podemos siquiera redondear la dimensión de nuestra piedad. Incapaces de imaginar la crueldad de la tragedia, nos la figuramos como un fantasma que jamás nos alcanzará, ocupado como está -suponemos- en hacer estragos con las vidas de los otros.
3/
Como dos o tres años después, recuperada la democracia, un día yo salía del Cine Sep llevando del brazo a la que era mi novia, Lilita Martínez, y de pronto lo vi y me quedé paralizado. En pleno centro de la ciudad y a las nueve de la noche, apoyado sobre dos muletas deslucidas, de maderas cascadas por el uso y con un par de calcetines abullonados en las puntas a manera de absurdos zapatos silenciosos, Tito Di Tullio extendía una lata esperando que alguien depositara allí unas monedas.
Creo que él no me vio, y yo, cobardemente, no me atreví a acercarme. Di un rodeo arrastrando a Lilita del brazo, y luego me pasé la noche, en rueda de amigos, criticando estúpidamente al sistema político que permitía que nuestros pocos héroes de guerra fuesen humillados. Se suponía que los veteranos recibían algún subsidio del Estado, pero evidentemente eso no impedía que acabaran pordioseros. No había programas de trabajo para ellos, y además la sociedad los despreciaba: por duro que fuese reconocerlo, nadie quería ver en los ex combatientes su propia estupidez. Por eso, automarginados por el resentimiento infinito que los vencía, los supuestos héroes se habían convertido en un problema incómodo e irresoluble. Eran glorias de una guerra que ya no importaba a nadie y no valían más que un discurso por año en boca de algún cretino con poltrona en el poder.
4/
Durante un largo tiempo dejé de verlo, y nunca supe si fue por pura casualidad o porque Tito desapareció de las calles de la ciudad. Ya nadie hablaba de esa guerra y todo el país se alarmaba con otras crisis más visibles y cercanas.
La democracia era una ardua tarea a finales de los ochenta. La crisis económica empezaba a hacer estragos, y, como si la decadencia de muchas instituciones fuese una de sus consecuencias inevitables, también For Ever se vino abajo. El club entró en una pendiente de la que todavía no termina de recuperarse: desafiliado de todas las ligas durante años, solo después de una amnistía se le permitió volver a jugar en los campeonatos promocionales del interior del país. Y esa reactivación futbolera demostró que la vieja pasión de los chaqueños por el único equipo que llegó a jugar en primera en varios torneos nacionales se mantenía intacta, y todos volvimos al viejo estadio de la 9 de Julio con las mismas antiguas banderas, bombos y entusiasmos.
Ahí reencontré a Tito, afuera del estadio, junto a las puertas de acceso a las tribunas populares. Los días de partido llegaba temprano, abría una mesita de tijera y colocaba sobre ella un canasto con golosinas y banderines, cigarrillos y cosas de poco valor, casi insignificantes, y se quedaba distraídamente apoyado en su único pie y con la muleta en el sobaco.
La primera vez me acerqué a saludarlo y él se dejó abrazar, mansamente, como un hombre resignado a su desdicha. Me pareció que no le disgustaba que la gente lo viese y saludase como a un viejo héroe, de la Guerra y de los listones blanquinegros de la casaca forevista. Pero enseguida me di cuenta de que, aunque devolvía todos los saludos, conservaba ese gesto mínimo, esa leve mueca de resentimiento que los viejos amigos, al menos, podíamos advertir.
Yo pensé que no aceptaba convertirse a sí mismo en recuerdo y que esa era su tragedia, porque seguía siendo un símbolo del For Ever campeón de los años de la Dictadura. El reconocimiento de la gente no era más que eso: un saludo momentáneo. Y aunque todos le brindaban su afecto, y más de uno le compraba cosas que no necesitaba, era obvio que en el fondo todo eso lo enfurecía secretamente. Por eso no entraba jamás a la cancha.
Lo observé durante varios fines de semana: desinteresado de lo que pasaba adentro, siempre de espaldas al estadio, su patético desprecio solo conseguía subrayar cuánto odiaba asumirse como mito, como estatua viviente del gran centrodelantero que la Guerra había malogrado.
Y en el exacto minuto en que comenzaba cada partido, Tito se iba. Casi en simultáneo, podía escucharse el pitazo dentro del campo y verlo desarmar la mesita. Velozmente plegaba la bandeja, la reconvertía en maletín, se la cargaba a la espalda y se marchaba a toda la velocidad que le permitía su andar irregular y roto.
5/
Una tarde me quedé afuera, y antes de que huyera me le acerqué. Yo había pensado varias veces, antes, en ayudarlo de algún modo. Una vez lo propuse para un trabajo en la universidad; otra convencí a los japoneses del Zan-En para que lo admitieran en la panadería. Pero él ni siquiera se presentó para hacerse cargo. Tampoco me agradeció las gestiones ni pareció apreciar mi comedimiento. De modo que dejé de insistir y aquella tarde, a las puertas de la cancha, simplemente quise invitarlo a ver juntos el partido desde la platea. For Ever jugaba contra Racing de Córdoba por las semifinales del Promocional, era un sábado soleado, la cancha estaba llena y yo había conseguido un par de buenos lugares.
Pero apenas formulé la invitación Tito me dijo que no con la cabeza, que movió frenéticamente. Nervioso, pero sobre todo enojado por mi insolencia, golpeó el piso con la muleta y me dijo "No jodás, andate de acá". Y me miró fijo y sin pronunciar otras palabras me rogó con los ojos, que parecían de fuego, que me alejara de allí.
Me aparté, por supuesto, y entré a la cancha justo en el momento, apenas comenzado el partido, en que For Ever marcó un gol. A juzgar por el estallido jubiloso en las tribunas, la gritería y el rumor de los tablones repletos, había sido un golazo de esos que vuelven loca a la hinchada porque se producen en los primeros segundos del partido, cuando el equipo rival está apenas ordenándose en el campo. Me di vuelta para decirle dale Tito, vení, no te pierdas esta alegría, pero él ya se iba y cuando lo llamé no se dio vuelta, ni siquiera vaciló.
6/
Nunca más vi a Tito Di Tullio. Nunca más volvió al estadio, no lo vi más en la ciudad y aunque hice algunas preguntas, meses después, nadie supo darme razón. Muchas veces pensé que se habría suicidado, como tantos ex combatientes de Malvinas. Imaginé que lo encontraban colgado de una viga, o que se tiraba al Paraná desde lo más alto del puente que lleva a Corrientes. Y más de una mañana me descubrí, vergonzantemente, buscando una nota luctuosa en los diarios locales.
Pero nunca más lo vi y creo que fue lo mejor que pudo pasar. Tito perdió por goleada con la vida y acaso su único triunfo fue saber evaporarse.
Suelo pensar que esa es la clase de resultados que arrojan las guerras idiotas: nunca hay un final, un verdadero final para sus protagonistas anónimos. Solo ellos, cada uno de ellos y absolutamente nadie más, han de saber lo insoportable que es vivir con el resentimiento quemándote el alma.
Por eso, me dije, mejor olvidar a Tito, no buscarlo nunca más. En todo caso, capaz que un día de estos escribo un cuento y lo hago literatura.

MEMPO GIARDINELLI: Nació en Resistencia, Chaco. Su obra ha sido traducida a veinte idiomas y recibió numerosas distinciones, entre ellas el Premio Rómulo Gallegos 1993. Es autor de novelas (Santo Oficio de la Memoria, 1991; Final de novela en Patagonia, 2000), cuentos para adultos y para niños, ensayos. En 1996 donó su biblioteca personal de 10.000 volúmenes para la creación de una fundación con sede en el Chaco (www.fundamgiardinelli.org.ar). "Tito nunca más" pertenece a su último libro,Estación Coghlan y otros cuentos, Ediciones B, Buenos Aires, 2006.

© Mempo Giardinelli.

César Fernández Moreno

EL ESTADIO

se apagaron las luces del estadio

y era un vibrante anillo de cemento y sangre

un plato volador bajado de los astros

de la noche recién surcada

todavía humeante

y posado recién sobre un desconocido planeta verde

se encendieron las luces

y los cien mil viajeros descubrieron maravillados

que los veintidós habitantes del nuevo planeta

usaban alegres camisetas de colores

y corrían detrás de una esferita blanca

chocando entre sí

pero luego seguían corriendo hasta abrazarse.

César Fernández Moreno


24/1/10

Roberto Mariani


Balada de la oficina (Roberto Mariani)

Entra. No repares en el sol que dejas en la calle. Él está caído en la calle como una blanca mancha de cal. Está lamiendo ahora nuestra vereda; esta tarde se irá enfrente. Entra. No repares en el sol. Tienes el domingo para bebértelo todo y golosamente, como un vaso de rubia cerveza en una tarde de calor. Hoy, deja el perezoso y contemplativo sol en la calle. Tú, entra. El sol no es serio. Entra. En la calle también está el viento. El viento que corre jugando con fantasmas. Fantasma él también, pues no se ve con los ojos de la cara, y se lo siente. El viento está jugando; ya corriendo una loca carrera por en medio de la calle; ya golpeándose las sienes contra las paredes de las casas; ya deshilándose en las copas de los árboles... f... f... f... f... El viento es juguetón como un recental; esto no es serio. Tú entra.

Deja en la calle sol, viento, movimiento loco; tú, entra.

¿Qué podrías hacer en la calle? ¿No tienes vergüenza, estúpido sentimental, regodearte con el sol como un anciano blanco, y esqueletoso, y centenario? ¿No te humilla, en tu actual situación de muchacho fornido, dejarte forrar por el viento como una hoja dentro de un remolino?

¡Y la lluvia! No te avergonzaré recordándote que los otros días estuviste tres horas, ¡tres horas!, contemplando tras la vidriera del café, caer y caer y caer, monótonamente, estúpidamente, una larga, monótona y estúpida lluvia. Entra, entra.

Entra; penetra en mi vientre, que no es oscuro, porque, ¡mira cuántos Osram flechan sus luminosos ojos de azufre encendido como pupilas de gata! Penetra en mi carne, y estarás resguardado contra el sol que quema, el viento que golpea, la lluvia que moja y el frío que enferma.

Entra; así tendrás la certeza —que dará paz a tu espíritu— de obtener todos los días pan para tu boca y para la boca de tus pequeñuelos. ¡Tus pequeñuelos, tus hijos, los hijos de tu carne y de tu alma y de la carne y del alma de la compañera que hace contigo el camino! Yo te daré para ellos pan y leche; no temas; mientras tú estés en mi seno, y no desgarres las prescripciones que tú sabes, jamás faltará a tus pequeñuelos, ¡los pobres!, ni pan, ni leche, para sus ávidas bocas. Entra; acuérdate de ellos; entra.

Además, cumplirás con tu deber. Tu Deber. ¿Entiendes? El trabajo no deshonra, sino que ennoblece. La Vida es un Deber. El hombre ha nacido para trabajar.

Entra; urge trabajar. La vida moderna es complicada como una madeja con la que estuvo jugando un gato joven. Entra; siempre hay trabajo aquí.

No te aburrirás; al contrario, encontrarás con qué matizar tu vida. (Además de que es un Deber.) Entra. Siéntate. Trabaja. Son cuatro horas apenas. Cuatro horas. Pero, eso sí: nada de engañifas ni simulaciones ni sofisticaciones. ¡A trabajar! Si tu labor es limpia, exacta y voluntariosa —voluntariosa sobre todo—, los jefes te felicitarán. Tú estás sano; puedes resistir estas cuatro horas. ¿Has visto cómo las has resistido? Ahora vete a almorzar. Y vuelve a hora cabal, exacta, precisa, matemática. ¡Cuidado! Porque si todos se atrasaran, se derrumbaría la disciplina, y sin disciplina no puede existir nada serio. Otras cuatro horas al día. Nadie se muere trabajando ocho horas diarias. Tú mismo, dime: ¿no has estado remando el domingo once o doce horas, cansando tus músculos en una labor con el agua que me abstengo de calificar por el ningún rendimiento que se obtiene? ¿Ves tú? ¡Y con inminente peligro de ahogarte ! Yo sólo te exijo ocho horas. Y te pago, te visto, te doy de comer. ¡No me lo agradezcas! Yo soy así.

Ahora vete contento. Has cumplido con tu Deber. Ve a tu casa. No te detengas en el camino. Hay que ser serio, honesto, sin vicios. Y vuelve mañana, y todos los días, durante 25 años; durante los 9.125 días que llegues a mí, yo te abriré mi seno de madre; después, si no te has muerto tísico, te daré la jubilación.

Entonces, gozarás del sol, y al día siguiente te morirás. ¡Pero habrás cumplido con tu Deber!

Fuente: Mariani, Roberto, Cuentos de la oficina, Buenos Aires, Ameghino, 1998.