31/12/08

Cortazar

Argentina

Carta abierta a la patria


Julio Cortázar, 1955


«Esta tierra sobre los ojos, este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles, esta noche contínua, esta distancia. Te quiero, país, tirado abajo del mar, pez panza arriba, pobre sombra de país, lleno de vientos, de monumentos, de esperpentos, de orgullo sin objeto, sujeto de asaltos, estúpido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas, repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando de babas y estupor canchas de fútbol y ring sides. Pobres negros. Te estás quemando a fuego lento y donde el fuego, donde el que come los asados y tira los huesos, malandras, cajetillas, señores y cafishios, diputados, tilingas de apellido compuesto, gordas tejiendo a dos agujas, maestras normales, curas, escribanos, centrofowards livianos, Fangio solo, tenientes primeros, coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos, bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos, secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco, contraflor al resto.

»Y qué carajo si la casita era un sueño, si lo mataron en pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva, liquidación forzosa, se remata hasta lo último. Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía.

»Te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña envuelto en una bandera que nos legó Belgrano, mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate con su verde consuelo, lotería de pobre.

»En cada piso hay alguien que nació haciendo discurso para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos. Pobres negros que untan las ganas de ser blancos, pobres blancos que viven en un carnaval de negros. Qué quiniela, hermanito, en Boedo, en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera, en los ranchos que paran la mugre de la pampa, en las casas blanqueadas del silencio del Norte, en las chapas de zinc donde el frío se frota, en la Plaza de Mayo, donde ronda la muerte trajeada de mentira.

»Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking, vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga: tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas, tango, coraje, puño, viveza y elegancia. Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.

»Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga, no te metás, que vachaché, dale que va, paciencia. La tierra, entre los dedos, la basura en los ojos, es estar triste, ser argentino es estar lejos, y no decir mañana porque ya basta con ser flojo ahora.

»Tapándome la cara, me acuerdo de una estrella en pleno campo, me acuerdo de un amanecer de Puna, de Tilcara de tarde, de Paraná fragante, de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos quemando un horizonte de bañados.

»Te quiero país, pañuelo sucio, con sus calles cubiertas de carteles peronistas, te quiero sin esperanzas y sin perdón, sin vuelta y sin derecho, nada más que de lejos y amargado. Y de noche.»



29/12/08

"La misión principal de la escuela ya no es enseñar cosas"


Polémica definición de un pedagogo

La misión de la escuela ya no es enseñar cosas. Eso lo hace mejor la TV o Internet." La definición, llamada a suscitar una fuerte polémica, es del reconocido pedagogo italiano Francesco Tonucci. Pero si la escuela ya no tiene que enseñar, ¿cuál es su misión? "Debe ser el lugar donde los chicos aprendan a manejar y usar bien las nuevas tecnologías, donde se transmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo", responde.

Para Tonucci, de 68 años, nacido en Fano y radicado en Roma, el colegio no debe asumir un papel absorbente en la vida de los chicos. Por eso discrepa de los que defienden el doble turno escolar.

"Necesitamos de los niños para salvar nuestros colegios", explica Tonucci, licenciado en Pedagogía en Milán, investigador, dibujante y autor de Con ojos de niño, La ciudad

de los niños y Cuando los niños dicen ¡Basta!, entre otros libros que han dejado huella en docentes y padres. Tonucci llegó a la Argentina por 15a. vez, invitado por el gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, a quien definió como "un lujo de gobernante".

Dialogó con LA NACION sobre lo que realmente importa a la hora de formar a los más chicos y dejó varias lecciones, que muchos maestros podrían anotar para poner en marcha a partir del próximo ciclo escolar.

Propuso, en primer lugar, que los maestros aprendan a escuchar lo que dicen los niños; que se basen en el conocimiento que ellos traen de sus experiencias infantiles para empezar a dar clase. "No hay que considerar a los adultos como propietarios de la verdad que anuncian desde una tarima", explicó.

Recomendó que "las escuelas sean bellas, con jardines, huertas donde los chicos puedan jugar y pasear tranquilos; y no con patios enormes y juegos uniformes que no sugieren nada más que descarga explosiva para niños sobreexigidos".

Y que los maestros no llenen de contenidos a sus estudiantes, sino que escuchen lo que ellos ya saben, y que propongan métodos interesantes para discutir el conocimiento que ellos traen de sus casas, de Internet, de los documentales televisivos. "¡Que se acaben los deberes! Que la escuela sepa que no tiene el derecho de ocupar toda la vida de los niños. Que se les dé el tiempo para jugar. Y mucho", es parte de su decálogo.

De hablar pausado y de pensamiento agudo, Tonucci transmite la imagen de un padre, un abuelo, un educador que aprendió a ver la vida desde la perspectiva de los niños. Y recorre el mundo pidiendo a gritos a políticos y dirigentes que respeten la voz de los más pequeños.

-¿Cómo concibe usted una buena escuela?

-La escuela debe hacerse cargo de las bases culturales de los chicos. Antes de ponerse a enseñar contenidos, debería pensarse a sí misma como un lugar que ofrezca una propuesta rica: un espacio placentero donde se escuche música en los recreos, que esté inundado de arte; donde se les lean a los chicos durante quince minutos libros cultos para que tomen contacto con la emoción de la lectura. Los niños no son sacos vacíos que hay que "llenar" porque no saben nada. Los maestros deben valorar el conocimiento, la historia familiar que cada pequeño de seis años trae consigo.

-¿Cómo se deberían transmitir los conocimientos?

-En realidad, los conocimientos ya están en medio de nosotros: en los documentales, en Internet, en los libros. El colegio debe enseñar utilizando un método científico. No creo en la postura dogmática de la maestra que tiene el saber y que lo transmite desde una tarima o un pizarrón mientras los alumnos (los que no saben nada), anotan y escuchan mudos y aburridos. El niño aprende a callarse y se calla toda la vida. Pierde curiosidad y actitud crítica.

-¿Qué recomienda?

-Me imagino aulas sin pupitres, con mesas alrededor de las cuales se sientan todos: alumnos y docentes. Y donde todos juntos apoyan, en el centro, sus conocimientos, que son contradictorios, se hacen preguntas y avanzan en la búsqueda de la verdad. Que no es única ni inamovible.

-¿Cuál es rol del maestro?

-El de un facilitador, un adulto que escuche y proponga métodos y experiencias interesantes de aprendizaje. Generalmente los pequeños no están acostumbrados a compartir sus opiniones, a decir lo que no les gusta. Los docentes deberían tener una actitud de curiosidad frente a lo que los alumnos saben y quieren. Les pediría a los maestros que invitaran a los niños a llevar su mundo dentro del colegio, que les permitieran traer sus canicas, sus animalitos, todo lo que hace a su vida infantil. Y que juntos salieran a explorar el afuera.

-Varias veces usted ha dicho que la escuela no se relaciona con la vida. ¿Por qué?

-Porque propone conocimientos inútiles que nada tienen que ver con el mundo que rodea al niño. Y con razón éstos se aburren. Hoy no es necesario estudiar historia de los antepasados, sino la actual. Hay que pedirles a los alumnos que se conecten con su microhistoria familiar, la historia de su barrio. Que traigan el periódico al aula y se estudie sobre la base de cuestiones que tienen que ver con el aquí y ahora. Esto los ayudará a interesarse luego por culturas más lejanas y entrar en contacto con ellas.

-¿Cómo se puede motivar a los alumnos frente a los atractivos avances de la tecnología: el chat, el teléfono celular, los juegos de la computadora, el iPod, la play station?

-El colegio no debe competir con instrumentos mucho más ricos y capaces. No debe pensar que su papel es enseñar cosas. Esto lo hace mejor la TV o Internet. La escuela debe ser el lugar donde se aprenda a manejar y utilizar bien esta tecnología, donde se trasmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo.

-¿Es positiva la doble escolaridad?

- En Italia llamamos a este fenómeno "escuelas de tiempo pleno". La pregunta que me surge es: ¿pleno de qué? Esta es la cuestión. La escuela está asumiendo un papel demasiado absorbente en la vida de los niños. No debe invadir todo su tiempo. La tarea escolar, por ejemplo, no tiene ningún valor pedagógico. No sirve ni para profundizar ni para recuperar conocimientos. Hay que darles tiempo a los niños. La Convención de los Derechos del Niño les reconoce a ellos dos derechos: a instruirse y a jugar. Deberíamos defender el derecho al juego hasta considerarlo un deber.


Jorge Luis Borges

Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.


Tomado de: Jorge Luis Borges, Páginas escogidas, Casa de las Américas, La Habana, 1988

Jorge Luis Borges

Las causas


Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.

De Historia de la noche (1977)
Negar la suspensión temporal, negar el yo, negar el orden astronómico, son desesperaciones aparentes, y consuelos secretos. Nuestro destino es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río. Es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre. Es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo desgraciadamente es real. Yo desgraciadamente soy Borges. (JLB)
Jorge Luis Borges (Buenos Aires, Argentina, 1899 - Ginebra, Suiza, 1986)





Margarita o el poder de la farmacopea

Adolfo Bioy Casares


No recuerdo por qué mi hijo me re­prochó en cierta ocasión:

-A vos todo te sale bien.

El muchacho vivía en casa, con su mujer y cuatro niños, el mayor de once años, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas traslucían resentimiento, quedé preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le decía:

-No me negarás que en todo triunfo hay algo repelente.

-El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho -contestaba.

-Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad.

-No el triunfo -me interrumpía- sino el deseo de triunfar. Condenar el triunfo me parece un exceso de romanticismo, conveniente sin duda para los chambones.

A pesar de su inteligencia, mi nuera no lograba convencerme. En busca de cul­pas examiné retrospectivamente mi vida, que ha transcurrido entre libros de química y en un laboratorio de productos farmacéuticos. Mis triunfos, si los hubo, son quizá auténticos, pero no espectáculares. En lo que podría llamarse mi carrera de honores, he llegado a jefe de laboratorio. Tengo casa propia y un buen pasar. Es verdad que algunas fórmulas mías originaron bálsamos, pomadas y tinturas que exhiben los anaqueles de todas las farmacias de nuestro vasto país y que según afirman por ahí alivian a no pocos enfermos. Yo me he permitido dudar, porque la relación entre el específico y la enfermedad me parece bastante misterio­sa. Sin embargo, cuando entreví la fórmula de mi tónico Hierro Plus, tuve la ansiedad y la certeza del triunfo y empecé a botaratear jactanciosamente, a decir que en farmacopea y en medicina, óiganme bien, como lo atestiguan las páginas de "Caras y Caretas", la gente consumía infinidad de tónicos y reconstituyentes, hasta que un día llegaron las vitaminas y barrieron con ellos, como si fueran embelecos. El resultado está a la vista. Se desacreditaron las vitaminas, lo que era inevitable, y en vano recurre el mundo hoy a la farmacia para mitigar su debilidad y su cansancio.

Cuesta creerlo, pero mi nuera se preocupaba por la inapetencia de su hija menor. En efecto, la pobre Margarita, de pelo dorado y ojos azules, lánguida, pálida, juiciosa, parecía una estampa del siglo XIX, la típica niña que según una tradición o superstición está destinada a reunirse muy temprano con los ángeles.

Mi nunca negada habilidad de cocine­ro de remedios, acuciada por el ansia de ver restablecida a la nieta, funcionó rápidamente e inventé el tónico ya mencionado. Su eficacia es prodigiosa. Cuatro cucharadas diarias bastaron para transformar, en pocas semanas, a Margarita, que ahora reboza de buen color, ha crecido, se ha ensanchado y manifiesta una voracidad satisfactoria, casi diría inquietante. Con determinación y firmeza busca la comida y, si alguien se la niega, arremete con enojo. Hoy por la mañana, a la hora del desayuno, en el comedor de diario, me esperaba un espectáculo que no olvidaré así nomás. En el centro de la mesa estaba sentada la niña, con una medialuna en cada mano. Creí notar en sus mejillas de muñeca rubia una coloración demasiado roja. Estaba embadurnada de dulce y de sangre. Los restos de la familia reposaban unos contra otros con las cabezas juntas, en un rincón del cuarto. Mi hijo, todavía con vida, encontró fuerzas para pronunciar sus últimas palabras.

-Margarita no tiene la culpa.

Las dijo en ese tono de reproche que habitualmente empleaba conmigo.

21/12/08

Incomunicación. Por Alfredo Triff




Él trataba de explicarle su manera de ver las cosas. Ella también. Como la ola tiene onda y cresta, sus palabras proyectaban unir y desunir en crescendo diminuendo. El tema convergía al centro, en anuencia implícita, con ideas que se adosaban y luego se enquistaban. Un ritmo de pleonasmo circulaba por todo para precipitar un impulso fuera del centro, como cuando la línea de círculo se torna en espiral. Buena conversación... se decían. El clima logométrico fue de tibio a frío con parlamentos noctívagos y tangenciales. Hacía dos horas que trataban de alcanzar un punto de convergencia. Quizá en el acto de comunicarse, las palabras se agotaban: los adjetivos, tan llenos de sí, pasaron a ser sintéticos y luego superlativos para después tenderse al adverbio de cantidad y de duda. "Quizá", y "acaso", pasaron para ella a un primer plano. Para él era imperativo mantenerse en la afirmación. "Por supuesto", "claro". Ella lo acusaba de pragmático. Él ripostaba que era idealista. Ambos utilizaban el lenguaje cual colorante. Para ella el verbo provenía de lo psíquico. La palabra es una viscosidad mental que calca la realidad. La señal pronta (la del corazón) es inmediata, incuestionable. "Lo sé porque me ha pasado", juraba. Una tarde la plática revivió. Había algo auspiciante. Vocablos con peso y dirección específicos. Profirieron locuciones fortuitas cual danza de fingido protocolo. Atónitos, se miraron y decidieron indagarse con cautela. Ella no omitió que hay discursos de colores laxos y mórbidos que se tejen por sí mismos en el laberinto de la duda... él evocó que la realidad es afín a la palabra, cuando ella misma huelga. En ese momento tan fructuoso, ambos sonrieron y callaron.

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11/12/08

La pena de muerte

por María Elena Walsh
Fui lapidada por adúltera. Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella, arrojó la primera piedra, autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos. Me arrojaron a los leones por profesar una religión diferente a la del Estado. Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio encarnado en mi pobre cuzco negro, y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco. Fui descuartizado por rebelarme contra la autoridad colonial. Fui condenado a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos. Mi señor era el brazo de la Justicia. Fui quemado vivo por sostener teorías heréticas, merced a un contubernio católico-protestante. Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios consideraron aberrante que propusiera incluir los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre. Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna de unitarios. Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote, a causa de una interna de federales. Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente. Fui enviado a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien, como suele decirse de los embriones en el claustro materno. Me arrearon a la cámara de gas por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos. Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos, arrojándome semivivo a una fosa común. A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento la Humanidad retrocede en cuatro patas.
aparecido originalmente en Clarín, 12 de setiembre de 1991

17/11/08

Beatriz Sarlo

“ Intantáneas. Medios, ciudad y costumbres en el fin de siglo”, Ariel, Buenos Aires, 1997, pág. 193.
Leer: una de las operaciones más complejas. No es sorprendente que adquirir un manejo de la máquina de leer sea difícil y, en períodos de mutación cultural, se corra el riesgo de perder la máquina y la destreza para manejarla. Para decirlo con algunas comparaciones evidentes: es más difícil aprender a leer que aprender a conducir un coche o una bicicleta, jugar al tenis, cocinar comida china, andar a caballo o tejer. Por supuesto, aunque vale la pena recordarlo, es más difícil aprender a leer que a mirar televisión.

En lo escrito hay una clave de bóveda del mundo. Todavía no se ha inventado nada más allá: los hipertextos, Internet, los CDROM y los programas de computadora suponen la lectura, obligan a la lectura y no son más sencillos que los libros tal como los conocimos hasta hoy. Quien afirme algo diferente nunca vio un CDROM ni un programa de hipertexto, o quiere engañarnos haciendo barato populismo tecnológico. Si el futuro son las computadoras, la lectura es indispensable. Téngalo en cuenta quienes profesan la optimista superstición del futuro.
Pero no querría hablar del futuro, porque ya los suplementos de ciencia de los diarios exaltan suficientemente el mundo maravilloso que nos espera. Querría hablar del pasado y del presente. La lectura opera con una máquina del tiempo que hasta hoy no ha igualado ninguna otra máquina: bajo la forma de página impresa o de pantalla de computadora que imita o perfecciona la página impresa, están el mundo que fue y el mundo que es. Hasta hoy, nuestra cultura (quiero decir la cultura llamada occidental en sus diversas versiones) es visual y escrita. Esto no la hace superior a las grandes culturas orales del pasado: simplemente, marca su diferencia y el ser de su diferencia. Se puede valorar la oralidad, pero no se puede volver a ella como instrumento básico de la continuidad cultural. Se podrá prever un futuro donde la lectura resigne su hegemonía frente a otras formas de transmisión, pero ese futuro todavía no ha llegado y, si llega, llegará por la lectura y no a pesar de ella.
Es indiferente el soporte material de la lectura: ¿una página impresa, un microfilm, la pantalla de una computadora, un holograma? En el límite, todos exigen esa capacidad infinitamente difícil: interpretar algo que ha sido escrito por otro. Leer es, siempre, de algún modo, traducir.
La máquina de leer pide ser accionada con sutileza. Pero admite que se la ponga en marcha en las condiciones más libres. Difícilmente pueda ponerse en otra máquina que sea, a la vez, tan complicada en su manejo y tan abierta a los usos más personales, secretos, innovadores, transgresivos. La máquina de leer nos permite prácticamente todo.
La máquina está allí: mucho menos servil que un televisor, mucho más compleja que una computadora, pero también más esquiva porque exige más de quien la opera. La máquina de leer, instalada en la larga duración de la historia, sigue funcionando cuando otros instrumentos hoy sólo pueden ser vistos como curiosidades en los museos de la técnica. La máquina de leer: una hipermáquina, una nave espacial, una cápsula de tiempo, un espejo, un Aleph.”
Editado por Cátedra

14/11/08

Lectura por placer

CONSEJOS PRÁCTICOS PARA ANULAR EL GUSTO POR LA LECTURA#

Rosa María Torres



Anular el gusto por la literatura puede ser algo muy sencillo, sobre todo si se empieza desde la infancia. Los siguientes consejos prácticos, basados en la experiencia de varias generaciones de jóvenes y adultos que hemos pasado por las aulas, pueden serle en este sentido muy útiles, si usted es uno de tantos profesores empeñados en lograr que sus alumnos desarrollen anticuerpos no sólo ante la literatura sino ante la lectura y los libros en general:
· Mande a leer como castigo (por no haber hecho la tarea, portarse mal en clase, etcétera).
· Antes de empezar a leer algo, advierta a toda la clase con tono enérgico que, al terminar la lectura, hará preguntas o tomará prueba.
· Haga leer individualmente y en voz alta, mejor si en algún orden anticipable por los alumnos (el orden de lista o de estatura o de asientos).
· Regañe a los alumnos que, al leer en voz alta, leen en voz demasiado baja.
· Pida resúmenes de todo lo que envía a leer.
· Evalúe lo que escriben los alumnos fijándose sobre todo en la cantidad de escritura (número de oraciones, párrafos, páginas, etcétera).
· Al corregir, ponga atención a la redacción y la ortografía, antes que al contenido y la intención de lo escrito.
· Ponga buenas calificaciones sólo a quienes opinan igual que usted (o según lo que usted consideró que debían escribir).
· Dicte clases aburridísimas de literatura. Seleccione como material de lectura algo que los alumnos no puedan entender (pues está por encima de su edad, sus conocimientos y su nivel de lectura), en aras del loable objetivo de ayudarles a aumentar su vocabulario y su cultura general.
· Seleccione para leer algo que a Usted le parece interesante, aunque a los estudiantes les parezca un plomo.
· Haga leer todos los años los mismos libros.
· Mande a leer resúmenes de libros en vez de los libros completos escritos por los autores.
· Haga leer libros de los clásicos de la literatura mundial, evitando todo contacto con la literatura contemporánea, con los autores latinoamericanos y nacionales.
· Evite que sus alumnos tengan arrebatos de escritura libre, en los que expresen sus propias ideas y sensaciones.
· Mande a hacer un resumen de Platero y yo, o de La Ilíada, o de Crimen y castigo. Exíjalo como tarea a presentarse el próximo lunes.
· Ponga como regla a sus estudiantes que deben leer al menos un libro por semana.
· Desarrolle en sus estudiantes el hábito de llenar fichas de lectura para cada libro que leen (datos del libro, del autor, etcétera).
· Mande a leer la biografía del autor (o, mejor aún, díctela) antes de leer el libro.
· En el examen de literatura pregunte datos tales como el lugar de publicación del libro, el nombre de la madre del autor, el número de páginas, y las veces que aparece repetida la palabra "asimismo".
· Cuando más interesante está la lectura, interrumpa haciendo preguntas para ver si los alumnos están siguiéndola.
· No bien han terminado de leer un poema, empiece a preguntar a mansalva acerca del número de estrofas, el tipo de rima y el uso de metáforas.
· Ponga malas calificaciones en literatura por no haber comprado o traído el libro a tiempo.
· Siga convencido, en fin, de que lo importante es hacer que los estudiantes lean, no que desarrollen el gusto por la lectura.

7/11/08

Idioma de los argentinos

El particularismo lingüístico rioplatense

Por Juan Ramón Lodares


El 24 de febrero de 1946, Juan Domingo Perón obtuvo un rotundo triunfo en las urnas. El 56 por ciento de los electores votó su candidatura presidencial. En los mítines, Perón no trataba a los adversarios políticos de tontos y desgraciados, que hubiera sido lo razonable, sino de pastenacas y chantapufis, o sea, lo mismo dicho en alguna de esas jergas porteñas tan comunes entonces.

Los opositores políticos eran unos contreras y quienes apoyaban al peronismo, los grasas. Fórmulas de indudable éxito que entonces te podían llevar a la Casa Rosada. Los peronistas veían en ellas la expresión popular, desgarrada y arrogante de un líder al estilo de los viejos caudillos criollos. A poco de ganar las elecciones, en la paredes de Buenos Aires aparecían pintadas como "Le ganamo a lo dotore". Los doctores eran, como puede suponerse, gente poco peronista y poco amiga de la grasa.

En sí misma, la oratoria peronista no era nueva. Seguía una tradición muy antigua y muy arraigada en el Plata, una especie de plebeyismo lingüístico que consistía en ganarse la voluntad de las masas procurando hablar como hablaban ellas. Había algo de artificio en el procedimiento, pero era útil. El peronismo debió su éxito propagandístico a estos particulares usos (en la parte que le corresponde). Igual que en la campaña presidencial de Eisenhower, en 1952, se ganaban las presidenciales con el lema "I like Ike", en la Argentina de los años cuarenta, un chantapufi o una tratativa (negociación) bien puestos le venían muy bien al político populista.

En esto, no habían cambiado mucho las costumbres argentinas típicas del siglo XIX. Sarmiento describe así el país: "Había, antes de 1810, en la República Argentina dos sociedades distintas, rivales e incompatibles, dos civilizaciones diversas: una, española, europea, culta, y la otra bárbara, americana, casi indígena; y la revolución de las ciudades sólo iba a servir de causa, de móvil, para que estas dos maneras distintas de ser de un pueblo se pusiesen en presencia una de otra, se acometiesen y, después de largos años de luchas, la una absorbiese a la otra". La primera sociedad solía integrar el partido unitario y la segunda, el federal. El unitario se distinguía por sus modales finos, su comportamiento ceremonioso, sus ademanes pomposamente cultos y su lenguaje altisonante y lleno de expresiones librescas. Para los unitarios, los federales eran unos gauchos o jiferos, o sea, unos bárbaros. Para los federales, los unitarios eran unos cajetillas, o sea, unos afeminados. El político federal Juan Manuel Rosas advirtió que podía atraerse las simpatías de la gente del pueblo, y ejercer su influencia sobre ella, precisamente hablando como un gaucho. Yasí lo hizo. El escritor Lucio V. Mansilla recuerda que aquellos años el lenguaje se pervirtió y circulaban "vocablos nuevos, ásperos, acres, no usados". Curiosamente, a pesar de su gusto confesado por las clases populares, el desprecio de los federales por los indígenas era absoluto.Los consideraban salvajes. No se tomaron el trabajo de asimilarlos y, por la vía militar, los fueron eliminando o provocaron su huida hacia otras zonas. De modo que el problema lingüístico que el indigenismo hubiera podido crear a la nueva república -buena parte del cual se lo habían planteado los misioneros españoles de antaño- desapareció por tan expeditivo y violento método.

El plebeyismo idiomático reapareció en los años presi denciales de Nicolás Avellaneda, en 1880, cuando se produjo la revolución de Carlos Tejedor. En .la llamada "resistencia" de Buenos Aires, el fervor localista fue tan grande que en los cuarteles, según Ernesto Quesada, testigo de los hechos, "convivió la juventud patricia con el compadraje y la chusma, tropa y oficialidad fraternizábamos y se establecía, como vínculo democrático común, el de un término medio equidistante en indumentaria y lenguaje". Según el propio Quesada, la circunstancia ayudó a que en el habla diaria se imitara el rasgo popular, haciéndolo deliberadamente caló y descuidado, pues había que demostrar que se era parte del pueblo y se exageraban los rasgos lingüísticos atribuidos a eso, al pueblo. Entonces se cantaban coplas como ésta:

El castellano me esgunfia,
no me cabe otro batir
que cantar la copla en lunfa
porque es mi forma é sentir.

Esgunfiar
viene del italiano sgonfiare, "desinflar, desanimar", y la lunfa es el lunfardo, una jerga que apareció en los barrios bajos bonaerenses y cuyas expresiones son una mezcla complicada de italianismos, galicismos, anglicismos y lusismos, todo revuelto, y que se difundió por conventillos (casas de vecindad) , piringundines (verbenas) y ambientes del hampa. Las letras de los tangos se nutren de ella. En el barrio bonaerense de la Boca, como consecuencia del gran número de inmigrantes que entraron en Argentina desde 1857 -unos quince mil al año hasta 1946- se gestó otra jerga italohispana, el cocoliche. Ha tenido menos fama que el lunfardo, porque para este último, dado el anhelo que sentían algunos argentinos por diferenciarse lingüísticamente, no ha faltado quienes lo definían como "el genuino lenguaje porteño", consideración evidentemente exagerada.

De aquellos días data el desaire que Juan María Gutiérrez le hizo a la Real Academia. En 1879, los ilusos académicos creían que le hacían un honor nombrándolo miembro correspondiente de la docta casa. Gutiérrez destapó su argentinismo contestándoles que podían esperar sentados, porque no aceptaba tamaño honor. Es más, ¿qué podía ofrecer él, un bonaerense, a una academia española? Para Gutiérrez, el habla de Buenos Aires estaba en constante efervescencia gracias a la aportación de los dialectos italianos, del catalán, del gallego, del galés, del francés y del inglés --se conoce que allí no se hablaba nada llegado, por ejemplo, de La Mancha- y todas esas voces "cosmopolitizaban", con palabro de Gutiérrez, la tonada bonaerense. Era inútil pretender fijar tales corrientes según moldes académicos; por lo menos él no se sentía con ánimos. Su amigo Juan Bautista Alberdi daba entonces la siguiente recomendación: igual que Dante (observen: otro italiano) en su día llevó la lengua hablada en Florencia a los inmortales versos de la Divina comedia, los escritores porteños debían reflejar en su prosa el castellano modificado que se hablaba en Buenos Aires, en vez de tener la vista puesta en los diccionarios que venían de Madrid. Otros autores, como Rafael Obligado o Alberto del Solar, no pensaban así y defendían el valor de una lengua común, sin casticismos que la interrumpieran.

El caso es que polémicas de este tenor se han prolongado hasta mediados del siglo xx. El día que a don Américo Castro se le ocurrió escribir un libro poniendo el grito en el cielo sobre lo particulares y descuidados que eran los argentinos al hablar, y previendo que de seguir así se iban a apartar de la corriente hispánica general -estábamos en 1941-Jorge Luis Borges le contestó, en un artículo titulado "Las alarmas del doctor Américo Castro", lo siguiente: "En cada una de sus páginas abunda en supersticiones convencionales [...]. A la errónea y mínima erudición, el doctor Castro añade el infatigable ejercicio de la zalamería, de la prosa rimada y del terrorismo". Pero Castro no estaba entonces tan descaminado: que se sepa, la única voz que en las altas instancias idiomáticas ha defendido alguna vez el "derecho a la incorrección" predicaba, no por casualidad, desde la Academia Argentina en 1943. Las altas instancias porteñas no dejaban de ser sorprendentes: un locutor de radio, cuyo mérito dicen que era la verborrea, llegó a alto cargo del Ministerio de Educación. Una vez allí, seguía hablando como si estuviera delante de los micrófonos con finezas como utensillo (en vez de utensilio), áccido (en vez de ácido), dejenmelón (en vez de déjenmelo), sientensén (en vez de siéntense) y cumpleaño, rompecabeza, " es usted un héroe, señorita", etc., etc.; visto lo visto, el académico Luis Alfonso habló sobre la conveniencia de estudiar el idioma para quienes tenían responsabilidades en cargos públicos, a lo que el aludido contestó: "No es urgente hacerlo. Total, el idioma no va a desaparecer por dejar de estudiarlo".

El desgarro idiomático argentino, junto a la manía de una lengua nacional apartada de la norma común española, cedieron, y con ello, el último frente de unas guerras idiomáticas que se habían iniciado en los albores de la independencia americana. Hecho el balance, resulta que Argentina no sólo ha dado extraordinarios escritores antiguos y modernos, -incluso en pleno fervor separatista dio figuras como Domingo Faustino Sarmiento o Estanislao del Campo- sino que desde mediados del siglo xx se iba a convertir en un foco editorial importante cuyas publicaciones se han distribuido por todo el mundo hispánico. Se ha explicado la razón del particular desapego al idioma apelando al genio de los argentinos, a cierta soberbia heredada de los españoles, a una afirmación de su plenitud vital; se han querido ver razones humanas en la notable inmigración que recibió la zona, procedente de los más diversos países europeos, y que propició la mezcla de lenguas muy distintas; se han querido ver razones históricas en el hecho de que el Virreinato del Plata fuera el último constituido y, por tanto, el de menor apego a España. Habrá un poco de todo. Lo cierto es que, todavía en los años cuarenta, el nacionalismo argentino seguía blandiendo la bandera de la lengua, con cierto éxito en algunos sectores de la opinión pública y en instituciones como la escuela, donde los niños debatían si Argentina tenía, o debería tener, lengua propia y cómo denominarla. Era el último resto ideológico de unas guerras idiomáticas iniciadas en los años de Bolívar y San Martín. Amado Alonso le dedicó un trabajo clásico al caso.

Juan Ramón Lodares, prematuramente fallecido, fue profesor de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid y autor de varios libros, de uno de los cuales, "Gente de Cervantes. Historia humana del idioma espanol", hemos extraído esta nota. En esa obra, publicada por la Editorial Taurus, Lodares explica cómo la lengua romance surgida hace mil años en el norte de la Península Ibérica llega al siglo XXI convertida en uno de los grandes idiomas internacionales.